Cristina Bajo

El camino de fuego

Una leyenda mocoví inolvidable.
por Cristina Bajo twitter Julio 9, 2017

Los mocovíes -aborígenes de la familia de los guaycurúes- ocupaban desde el río Bermejo, en Formosa, hasta en el norte de la provincia de Santa Fe. Eran cazadores, recolectores y la pesca tenía gran importancia en su alimentación. Sus viviendas, que aún se ven en las soledades de aquellas tierras, eran toldos o ramadas cubiertas de paja, con una abertura estrecha para entrar.

Creían en un Ser Supremo –pero no le rendían culto- y su existencia se regía por la idea de que tanto animales como plantas, cosas y lugares tenían su propio espíritu dotado de voluntad para el bien o el mal. Entre sus celebraciones, estaba el festejar la luna nueva y otros fenómenos estelares.

Contaban con un hechicero-médico, que debía interceder entre las fuerzas de la naturaleza y el hombre para protegerlo de sus peligros. Éste, además, debía hacer que crecieran los frutos, que se multiplicaran los animales y que las mujeres tuvieran hijos.

Las labores de los sexos estaban bien definidas: los hombres entraban a la selva a buscar comida, protegían las aldeas, levantaban las chozas y fabricaban las armas; las mujeres se ocupaban del agua, la comida y las artesanías hogareñas: la alfarería y la cestería se distinguían por su hermosura y utilidad.

Hasta hoy, los descendientes de aquellos pueblos viven -según me dicen amigos que los asisten en sus necesidades- en Villa Ángela y San Bernardo. Allí pueden adquirirse -ya en las oficinas de Turismo o en las rutas- estas piezas de cerámica que resultan tan atractivas. Estos amigos, en esas noches en que conversan con ellos, tomaron notas de algunas de sus historias. 

Nechinic, el Árbol de Fuego Hace mucho tiempo, vivía un gran cacique llamado Nocaiguí, que todas las noches, antes de entrar a su choza a dormir, se admiraba ante la Vía Láctea, a la que llamaban Nayec, pues semejaba un camino luminoso. Debido a esto -la luz, de noche, provenía de la luna o del fuego-  pensaba que sería un lugar cálido, una senda flanqueada por muchas llamitas que producían una atmósfera templada. “Si yo pudiera adueñarme de esas lucecitas, podría proteger a mi gente del frío en nuestras noches invernales”, decía. Y era tan fuerte el deseo de ayudar a los suyos, que el Supremo Hacedor, al que nombraban Cotaá, decidió concederle aquel deseo. Un día, al levantarse, Nocaiguí se sorprendió al ver delante de su toldo un arbolito desconocido. Curioso con la novedad, dio vueltas alrededor de él, acarició sus hojas y finalmente empezó a frotar entre sus manos una de sus ramitas, que era de un curioso color rosado. Inmediatamente, vio brotar en la punta una lucecita que tomó fuerza, se convirtió en brasa y comenzó a despedir un tenue calor. Sintiéndose audaz, fue por hojas secas, las acercó a la pequeña brasa y éstas comenzaron a arder de inmediato.

 Nocaiguí, que no salía de su asombro, comprendió que Cotaá le había concedido su sueño para atenuar el frío, pero también para mejorar muchas cosas de la vida de su pueblo, como aprender a cocinar sus alimentos. De esta manera, los primeros misioneros que se encontraron con los mocovíes, escribieron en sus memorias la sorpresa que les produjo ver de qué modo tan natural y desconocido para los europeos, este pueblo disponía de fuego en el momento en que lo necesitara. 

Sugerencias: 1) Colaborar con entidades que se dedican a ayudar a nuestros pueblos indígenas en la región en que vivimos; 2) Comprar sus artesanías, para que no desaparezcan; 3) Conocer las historias de sus pueblos.

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