Cristina Bajo

Heredar el desierto

Hay un programa de televisión que suelo ver porque me levanta el ánimo...
por Cristina Bajo twitter Julio 16, 2017

Es una serie británica de economía y de emprendimientos para el milenio que transitamos: WOBI –World of Business Ideas– o sea, Mundo de ideas de negocios; en internet se aclara que es una “plataforma de contenidos de negocios donde el conocimiento y la experiencia convergen”.

Como su visión es bastante esperanzadora y trata temas que me interesan –de ecología o gestiones familiares– suelo sentarme a disfrutarlo.

El último que vi estaba dedicado a recuperar tierras agotadas por el mal uso que les ha dado el hombre o por pertenecer a zonas semi-desérticas. Me interesó desde la primera imagen: un auténtico labriego de Oriente, seguramente relacionado con la India, puesto que hablaba de costos en rupias.

Era un verdadero campesino, un hombre simple que jamás pasó por la universidad. Sus pies no mienten: eran tan toscos y deformes de andar descalzo entre terrones de greda, que no creo que exista zapato para ellos.

Pertenece a una pequeña aldea asentada en tierras áridas. Cuenta que un día deseó ver verde y árboles, y decidió sembrarlos. Hace años que lo hace y ahora un bosque rodea al poblado. Hoy, su empeño está puesto en un islote cercano.

Pero lo que me atrajo de él era la sencillez con que expresaba sus sentimientos, cómo contaba lo que se siente al plantar; cómo, a varios años de su empeño, “me encontró el tigre, y volvió el búfalo, el rinoceronte y los pavos reales”.

Explicaba a la cámara cómo recoge las bayas de algunos árboles, cómo todos los días busca terrenos áridos donde plantar un pequeño arbolito y cómo día a día, atravesando en una canoa la laguna, revisa la plantación de la islita.

Ante una pregunta contesta, no con esa declamación aprendida –no aprehendida- de algunos indígenas de zonas más cercanas a los grandes centros urbanos, que recoge las semillas, cava el hoyo, las va distribuyendo, las tapa con tierra y después con hojas secas o briznas de pasto. Y espera la lluvia.

Cuando le preguntan de dónde obtiene las semillas o las bayas, dice con toda naturalidad “que el dios viento hace lo suyo y cuando están maduras, sopla y caen al suelo y las comen los animales o él las recoge y las que quedan, nacerán alrededor del tronco madre como si fueran sus hijos.” Y agrega que hay que enseñarle al hombre que “no debe perturbar al árbol por cinco años”.

La cámara lo sigue mientras ara, descalzo, con un caballito y un primitivo instrumento construido con ramas, algo de hierro y lianas.

En un momento nos lleva a la aldea donde vive, algo tan extraño a nuestros días que creemos ver ilustraciones de los libros de geografía de hace 70 años: casas de troncos y paja elevadas sobre el suelo, las mujeres en los telares, con esos hilos maravillosamente coloridos; las más ancianas sacudiendo el arroz que han cosechado.

Los cacharros son de barro, salvo alguno de metal; el fuego arde en el medio de la choza, donde la cocinera, en cuclillas, alimenta las brasas o revuelve el cocido que borbotea en la olla.

La aldea luce pacífica, los niños sanos, los rostros en paz. Y me emociona oír a este hombre rústico y sabio enseñando a los jóvenes que lo escuchan con respeto, cómo recuperar el desierto que otros les legaron.

Sugerencias:

1) Alimentar la tierra que nos rodea: en casa usamos como fertilizantes los restos de las hojas del té y los granos del café, las cáscaras de huevos y de las frutas. 

2) Si tenemos césped, dejar que las hojas que caen en invierno lo protejan de las heladas.

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