Cristina Bajo

Peregrinos de los jueves

A pesar de que lo parezca -por el título-, no se trata de un libro policial, ni de John Le Carré, ni de Graham Greene. 
por Cristina Bajo twitter Julio 30, 2017

Poco tiene que ver con la literatura, salvo que pensemos en Antropología de la pobreza y Los hijos de Sánchez, de Oscar Lewis, o Los santos van al infierno, de Gilbert Cesbron.

Es algo muy de las ciudades que transitamos todos los días: se trata de un pueblo oculto que deambula bajo los puentes, en portales oscuros, en ciertos recovecos que apenas distinguimos al pasar: sus habitantes configuran un mundo paralelo apenas entrevisto por el ciudadano común. El título va por ellos y por quienes los socorren.

Silvia Vera lo dice en su libro Otra Córdoba, donde trata este tema: el de los indigentes que viven en la calle, situación que se multiplica más allá de nuestras fronteras y más allá de nuestro continente: la Madre Teresa de Calcuta lo sabía.

Al leer el libro me impactó un poema con que la autora da voz a estas personas sin voz:

Nadie me habla. Menos me tocan.

Más me rehúyen, esquivan, evitan.

No me conocen.

Hablamos de “los sin techo”, de aquellos que se guarecen bajo un cartón, que a veces conviven solidariamente con un perro; aquellos a los que no nos agrada mirar, porque en muchos de nosotros despiertan un sentimiento de culpa: criados dentro de las ideas cristianas, sabemos que sí somos responsables por el prójimo y tenemos la obligación moral de ayudarlos. No es tarea fácil; como dijo una amiga: “La compasión no está de moda.” Silvia Vera es licenciada en Psicología, ha sido docente en la Universidad de Córdoba y “su preferencia laboral estuvo centrada en el trabajo con grupos, en el ámbito de la docencia y en las cárceles”; el deseo de conocer otras formas de cultura, y compartir sus vivencias, la llevaron a escribir este libro.

Silvia colabora con un grupo de gente -estas asociaciones existen en todo el mundo- que se preocupa por los marginados sociales. Estas personas se llaman a sí mismas “los peregrinos”; Silvia pertenece al grupo que sale los jueves -de ahí el título de la nota- para llevarles cierto alivio: comida y abrigo en invierno.

Estas vidas que nos parecen incomprensibles, con toques de novela y de tragedia, expresan también la solidaridad que hay entre los desamparados: no es raro ver que comparten con otros aún más desvalidos el pequeño bienestar que los “peregrinos” les acercan, además de avisarles a estos si algún recién llegado “no ha salido en días”, o si tiene niños acargo.

No salir implica que no han mendigado en la calle, en las puertas de las iglesias o cerca de un restaurant; que no han ido a buscar alimentos en la basura, en los contenedores de los supermercados, en algunos monasterios donde les dan una o dos comidas consistentes al día.

Con bastante trabajo, los peregrinos sostienen un refugio para acoger a los que están en peores condiciones, ya sea por edad o enfermedad. Conocer a algunos rescatados de este naufragio en que los sumió la sociedad u otras circunstancias, fue una lección de vida; pero aún me faltaba hablar con José, un viejito de 60 o 70 años: en cuanto le consiguieron un lugar en el Hogar, pidió que le enseñaran a leer y a escribir, pues siempre quiso ir al colegio. Y, según me dicen, lo está logrando.

Sugerencias:

1) Todos tenemos amigos que pertenecen a estas asociaciones que se sostienen con las donaciones privadas. Hagamos algo por ellos.

2) Una vez al mes, con otros amigos, donemos un alimento, ropa de abrigo, jabón, toallas. 3) Y aportemos libros: me los pidieron.

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