Cristina Bajo

Extrañas coincidencias

Con un poco de suerte, podremos llegar a una edad avanzada y tener aún a queridos amigos cerca nuestro.
por Cristina Bajo twitter Agosto 6, 2017

A mis ochenta años, muchos de ellos ya no están, pero duele menos que desaparezcan de nuestras vidas por causas naturales, que aquellos a quienes nos unió un fuerte sentimiento de cariño, de hermandad y nos distanciamos sin jamás volver a saber de ellos.

Desde que éramos niños, mamá mantuvo con algunas familias de españoles llegados a principios del siglo XX –como la de ella– una larga relación que duró casi toda su vida. Pero aun así, recordaba amigas del colegio de monjas desde antes de haber recibido la primera comunión.

Siempre nombraba a una de ellas, con la que compartía el pupitre, iban a misa, festejaba los modestos cumpleaños e intercambiaban pequeñeces. Por razones que ignoro, dejaron de verse cuando eran jóvenes, pero mamá siguió recordándola, cada vez más espaciadamente, hasta entrar en la vejez.

Al enviudar, se mudó muy cerca de la casa de mi hermana menor, con quien congeniaba mucho. Era un barrio residencial con grandes arboledas, espacios verdes y una plazoleta a la vuelta de la esquina, donde le gustaba ir a caminar o sentarse a conversar con otras vecinas.

Una tarde en que estaba con mi hermana Eugenia, recién llegada de Corrientes, Nenúfar nos anunció visita: estaba preocupada porque esa siesta, mientras tomaban un café, mamá le contó que se había encontrado con la tan recordada amiga, a la que hacía muchísimo que no veía. Le trajo noticias de sus hermanos –de quienes mi madre estaba distanciada– y le habló de mi abuela, fallecida hacía treinta años. También le comentó que estaba viviendo en un hogar de monjas, cerca de Alto Verde.

Nos quedamos consternadas, temiendo que ese “encuentro” fuera una especie de alucinación, el mal de Alzheimer, la pérdida ocasional de la memoria. Deliberamos toda la tarde, pensando en que quizás tuviéramos que internarla en un geriátrico, pues no podíamos confiar en que un día saliera a pasear y se perdiera. Detestábamos la idea de tener que convencerla, pues imaginábamos que no querría dejar sus muebles de época, los cuadros, el caballete y los lienzos en que pintaba.

Esa noche ninguna de nosotras durmió, y al otro día, como si fuera una telenovela, Nenúfar nos cuenta por teléfono que mamá quería visitar el Hogar donde estaba su amiga: le atraía la idea de vivir en una congregación donde habría una capilla; rezaría el rosario todas las tardes y podría ir a misa los domingos.

Esta vez fuimos las tres a visitarla, y ella, muy entusiasmada, volvió a sacar el tema dejándonos aún más inquietas.

Día después, Nenúfar develó el misterio: esa mañana había recibido la visita de una señora mayor que preguntó por Angelita; al inquirir ella de dónde la conocía, se presentó como “una amiga de la infancia”: sorpresivamente, el destino las había reunido.

Nunca comentamos con mi madre nuestras sospechas, avergonzadas de haber dudado de su historia. Y muchas veces, conversando entre nosotras, nos reímos sintiendo que la vida nos dio una lección. Hoy, cuando me pasan cosas insólitas, encuentros inesperados, situaciones extrañas, suelo callarme: tengo la suerte de ser independiente y comprendo cuán fácil es, para aquellos más jóvenes, desechar lo inesperado con que suele gratificarnos, en la vejez, el destino.

Sugerencias: 1) Pido a los más jóvenes que, antes de dudar de algunas cosas que contamos, dejen margen a la duda; 2) Lo crean o no, lo imponderable puede estar a la vuelta de la esquina.

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