Cristina Bajo

El papel que perdura

La carta, en papel escrito y casi siempre por propia mano, es una especie de conversación que tenemos entre ausentes.
por Cristina Bajo twitter Agosto 13, 2017

Como documento, es frágil; su protección -un simple sobre- es efímera pues la carta, casi siempre, está hecha para ser desechada.

Agradezcamos, entonces, a los que guardaron esas hojas al encontrarlas en un cajón, dentro de un libro, traspapeladas entre documentos más importantes, porque las conservaron y las protegieron de la destrucción.

En ellas nos llegan retazos del pasado, ya de familiares, ya de desconocidos; nos hablan de esposos y esposas, de padres e hijos; del dolor de un desgraciado, del amor de un guerrero.

Hay quien niega el carácter literario de las cartas; yo las considero un género por sí mismas, un documento que abarca desde lo íntimo a lo familiar, de lo social, lo político y lo religioso, a lo moral, lo artístico y lo científico: pocos géneros pueden contener temas tan variados.

Juan Manuel Garzón, en Elementos de literatura y estética, dice: “Afirmamos que el género epistolar es el más literario después del poético. Es claro que las cartas desaliñadas que escriben las personas sin instrucción no pueden ser literarias por faltarles el requisito de la forma artística, pero nadie negará que aún en ellas podrá haber un fondo de belleza, sobre todo cuando lo hay en el corazón del que escribe, por muy humilde que sea.” Y agrega: “…el alma humana se transparenta por completo en la correspondencia: toda la humanidad del hombre parece volcarse en ellas.” En cartas que han sobrevivido a través de los siglos, filósofos, novelistas, místicos; y poetas desenfadados como Quevedo, músicos como Berlioz y artistas como Van Gogh, han dejado testimonios de sus dudas, su humor, sus problemas y trabajos: estos papeles guardan en sí lo mejor de la historia y suelen sumar más verdades que cien biografías.

Félix Torres -historiador- hizo hace tiempo un trabajo sobre Dalmacio Vélez Sársfield y su correspondencia en Córdoba, del cual tomé datos para mis novelas. Pero de sus numerosos trabajos sobre el tema, el que más me atrajo es Las cartas desconocidas del Libertador, cuya recopilación llenó un vacío importante de la vida y las acciones de San Martín; pues la historia que nos llega desde Buenos Aires -o a través de libros escandalosos- pasa por alto la importancia que tuvo el Interior del país en la campaña por la Independencia.

A través de estas cartas descubrí a otro San Martín: el pensador, el humanista, el que olvidamos porque nos dejamos llevar por la imagen marcial del héroe.

Me interesó esta obra especialmente, porque pone a nuestro alcance su pensamiento y el de otros hombres ilustres, como el Brigadier Juan Bautista Bustos, el Obispo Benito Lazcano, Gervasio Artigas o Bernabé Aráoz.

Justamente pensando en estudiantes y en docentes, es que decidí hacer esta nota: un libro de tales características, en muchos casos corto, es de lectura ágil, puede desglosarse para un estudio y sirve para interesar al alumno. Propongo poner al alcance de las aulas libros de este tipo, no sólo de héroes o escritores, sino correspondencia de otra época que salvaguarda en su sencillez afectos desaparecidos, datos que no figuran en los libros de textos, pero que sobrevivieron en la fragilidad de una carta.

Sugerencias:

1) Si son jóvenes, pedir a sus abuelos esas cartas familiares que sobrevivieron a limpiezas de papeles.

2) Guardar las encontradas en un libro de segunda mano: siempre nos dirán algo que no esperábamos.

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