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Rafael Spregelburd: “El teatro nos permite escribir la historia”

Es una de las figuras más importantes del teatro argentino y sus obras se presentaron con gran éxito en varias partes de Europa y de nuestro país.
por Aye Iñigo twitter Agosto 13, 2017

Discípulo de Mauricio Kartun y Ricardo Bartis, también se dedicó a la actuación en la pantalla grande, donde muchos lo recuerdan por su papel de “villano” en El hombre de al lado. Acaba de estrenar su obra La Terquedad en el Teatro Nacional Cervantes, una pieza que dura más de tres horas y que se convirtió rápidamente en un fenómeno cultural con excelentes críticas y entradas agotadas.

Montar una obra de teatro que dura 3 horas 15 minutos es un desafío para cualquier director, menos para Rafael Spregelburd. Contra los pronósticos de los críticos que dudaban de la “capacidad de atención de los espectadores”, su obra La Terquedad no sólo agotó entradas durante los tres meses de funciones en el Teatro Nacional Cervantes, sino que se convirtió en tema de conversación obligado en las tertulias y sobremesas del circuito más artie y cool de Buenos Aires.

“Le tenía temor a la ejecución de la pieza frente al público porteño. Hay muchos supuestos, como que la gente no puede soportar una obra de más de 1 hora, la literatura se reduce a twits y las conversaciones humanas a ‘me gusta’ en Facebook, y por eso yo defiendo un encuentro más complejo en el teatro”, confiesa Spregelburd en diálogo con Rumbos. Este dramaturgo, director y actor de 47 años lleva tiempo siendo un gran referente del teatro argentino en nuestro país y en toda Europa. La Terquedad -el cierre de su ambiciosa heptalogía dedicada al famoso pintor El Bosco- logró estrenarse por primera vez en la Argentina, luego de haber sido presentada durante diez años en varias partes del mundo.

¿Cómo fue la experiencia de traer La Terquedad a la Argentina, siendo vos el autor, director y actor principal?

Fue la concreción de un sueño postergado casi diez años. Yo nunca había dirigido la obra, la había visto en distintos estrenos en Europa. La obra la escribí para una Bienal de Frankfurt en 2007 y la vi con mucho esplendor, y me daba pena tener que estrenarla en la Argentina con menos recursos. Me muevo como pez en el agua en el circuito del teatro independiente y no encontraba un teatro en el que encajara una obra de tres horas y cuarto, con una escenografía complicada. Tuvimos que esperar hasta que Alejandro Tantanian asumió como director del Cervantes para poder abrir la temporada con la obra. Fue concretar un sueño, una vuelta al esplendor de los teatros públicos. El Cervantes está lleno de recursos técnicos que hace mucho que no se utilizaban. Las entradas se agotaron, las críticas fueron muy elogiosas. Parece que con la mayoría de los teatros públicos cerrados había un clima de mucha tristeza y se estaba esperando una obra así.

¿Cómo ves el teatro público en nuestro país?

Está en una etapa crítica. Dentro de la Ciudad de Buenos Aires, los teatros públicos están prácticamente cerrados. Pero me parece que lo más molesto de este momento de enorme estupidez que se vive en el país, es el éxito que ha tenido la visión populista de derecha, según la cual si no hay teatro público, mejor, porque se está ahorrando dinero en impuestos. La Unesco recomienda a los países que generen fondos para resistir el embate de los tanques de producción hollywoodense. El modelo argentino era ejemplar. El teatro Cervantes es un oasis en el medio del desierto. Salió adelante con una programación valiente y el público ha sabido abrazar esta propuesta.

Muchos valoran además el precio accesible de las entradas.

Se ha lavado mucho la cabeza, y lo que se quiere vender es el modelo norteamericano de que el arte y la cultura deben quedar en manos privadas. Si no es taquillero, no vale. La cultura debe ser protegida por el Estado, para enriquecerla, para darle voces a ideas encontradas; sin eso no hay posibilidad de escribir la historia. Y esa creencia de que “si quiero ver teatro voy y lo pago” deja afuera a gente que no tiene posibilidad de pagar 600 o 700 pesos para ir a ver una obra de calidad.

Tus obras siempre tienen algo de humor. ¿Creés que el humor es necesario incluso en el teatro “serio”?

Yo creo que no hay nada mas serio que el humor. Si no hay humor no hay posibilidad de creación. La risa se produce cuando el cerebro se encuentra con categorías que sus experiencias linguísticas no le permiten asimilar, entonces tiene que saltar a una categoría diferente; y mientras hace eso, la risa es un reflejo de lujo que acompaña esta tensión intelectual. No hay creación sin humor. Las tragedias de Shakespeare son muy graciosas. Hamlet preguntándose si ser o no ser con la calavera en la mano es un chiste de la época.

¿Tu humor es siempre de libreto?

Hay una especie de humor que tiene que ver con la escritura del texto, pero luego naturalmente está lo que aportan los actores. Es muy difícil saber dónde va a ser gracioso el texto. Y luego están las cuestiones circunstanciales: por ejemplo, el día del estreno de La Terquedad la policía estaba reprimiendo mujeres en la marcha “Ni una menos” del 8 de marzo. Y nosotros decidimos aparecer en el último acto con la chaquetas de la Policía Federal Argentina como una suerte de intromisión, que la obra hable del aquí y ahora. Y la gente reacciona de maneras muy distintas: a veces aplauden, a veces se ríen. El teatro tiene esta capacidad de englobar un problema enorme con una pincelada.

“No hay nada más serio que el humor. Sin él no se puede crear.”

Todas tus obras hablan del tiempo. ¿Te acompleja el paso del tiempo?

¿Quién no tiene un conflicto con el tiempo? Para mí no existe, es una variable psicológica con la cual los humanos tratamos de interpretar el resto de las cosas. En La Terquedad los tres actos son simultáneos, y la idea es ver qué ocurre con la percepción en ese corte de cirujano que hago sobre el tiempo. La compresión del drama, de la muerte, el tiempo del espectador dentro de la sala… Buscamos que la gente salga más predispuesta a preguntarse qué vida vivimos y por qué. Son ejercicios del alma que, para mí, debe proponer el teatro.

¿Qué disfrutás por fuera del teatro?

No sé si disfruto tanto del teatro (risas). Creo que el teatro es lo mejor que tengo para hacer con mi vida, pero muchas veces me pregunto si no podría estar haciendo otras cosas, como traducir textos del latín o investigar matemáticas, que me encanta. Soy muy metódico y ordenado, y he tenido que aprender mucho de mí mismo para hacer teatro. A mí me interesa la biología, lo que está vivo. También el cine porque te regala porciones de vida. En el cine he tenido que cosechar maíz, o subir a un barco y aprender a hacer redes y convivir con pescadores.

¿Qué te falta por hacer?

Todo, pero si me muero mañana me moriría bastante tranquilo porque nunca le esquivé al bulto a los desafíos. No soy un artista torturado, soy un artista muy feliz. Me encuentro en el lugar en el que siempre quise estar y para el cual trabajé tanto. Me doy el lujo de habitar las cosas que quiero. Cada persona es como una enorme bibilioteca, por eso es tan triste la muerte.

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