Cristina Bajo

Mi abuelo Fidel I

Vaya rareza, se llamaban Fidel y Fidela, y ella creía que el destino le decía algo con aquella casualidad.
por Cristina Bajo twitter Agosto 20, 2017

Mi abuelo paterno se llamaba Fidel. Era hijo de un campesino que criaba ovejas y nació en un pueblito de Castilla-León: Grajal de la Ribera.

Cuando éramos chicos, solía contarnos que él, con menos de diez años, era pastor y debía cuidarlas en la soledad del campo, con un poco de pan, de vino y algo de queso. Me decía que nunca pudo olvidar aquellos fríos. Al parecer, una de las peores noches de ventisca, se olvidó de guardar a tiempo los animales y su padre le dio de cintazos.

Habla del carácter de mi abuelo la decisión que tomó esa noche: abandonar la casa y el páramo e irse detrás de un mulero a quien dejaban dormir en los galpones donde guardaban el ganado. Este hombre llegaba una vez al año, trayendo mulas de África; y recorría España desde el puerto a Castilla, y de allí a Andorra, vendiendo las recuas y comprando cosas para comerciar en África.

Regresó diez años después, siendo un mozo de veinte años, con algunos ahorros; y por ciertas desgracias sucedidas en Castilla -como la filoxera, que obligó a la familia de mi abuela paterna a emigrar a la Argentina- se sintió tentado por estas tierras. Mientras esperaba embarcarse, vio a mi abuela, muy joven y rodeada por sus parientes: habían tenido la suerte de ser contratados para radicarse en los campos del general Roca, en Ascochinga -en la estancia La Paz- y de inmediato decidió seguir a los Calleja a Córdoba.

Al parecer ella lo miraba con buenos ojos, pero no sus padres ni su familia. Vaya rareza, se llamaban Fidel y Fidela, y ella creía que el destino le decía algo con aquella casualidad.

Mi abuelo venía medio de prestado entre estos vecinos de Cevico de la Torre, sin trabajo cierto, pero al administrador de Roca le cayó bien y pronto le consiguieron trabajo en el tendido del ferrocarril. Aún tenemos una foto de él a caballo -creo recordar que era un overo- con apero, de sombrero y con un rebenque apoyado en el muslo.

No sé bien cómo, pero se casó con la jovencita que le había atraído tanto, y pronto estaban viviendo en Córdoba. Al tiempo, pudieron comprarse una casa en barrio San Martín, donde solía llevarnos, veinte años después de eso, a mi hermano Eduardo y a mí, para presentarnos a los vecinos, muy orgulloso de sus nietos.

Vivían en una calle donde había muchos inmigrantes españoles; después de trepar una empinada cuesta, solíamos ver a mi abuela sentada en la vereda -había que subir unos toscos escalones hasta llegar al piso de ladrillos- con otras mujeres de su edad, todas vestidas de negro y con una labor en las manos: ganchillo, dos agujas y mucho zurcido; no eran tiempos de cambiar sábanas, tirar medias o dejar de lado toallas deshilachadas.

Recuerdo que una tarde, al regresar al barrio después de que mi abuelo nos llevara al zoológico (donde nos sacamos una foto sobre una llama -Eduardo de cuatro años, muy rubio, yo desgarbada y alta para mi edad pues aún no tenía los seis-), la encontramos con sus amigas. Toda sonrisas, se puso de pie y tomando a mi hermano en brazos y a mí de la mano, nos llamó sus alhajas.

Diez años más tarde, leyendo la historia de Roma, me emocioné cuando Cornelia presenta a sus hijos -los Gracos- a sus amigas, que exhibían sus riquezas, diciendo: “Estas son mis joyas.” Sugerencias: 1) Para los que tengan mi edad, aclaren en las fotos nombres y parentesco, el año, el lugar donde fue tomada: guardo una cantidad de retratos muy antiguos y es triste ignorar de quiénes son. 2) A los más jóvenes: pasen las fotos que amen del celular al papel; un día las añorarán.

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