Cristina Bajo

Mi abuelo Fidel II

por Cristina Bajo twitter Agosto 27, 2017

Mi abuelo Fidel no se llevaba muy bien con mamá, pero mi hermano Eduardo y yo teníamos un gran cariño por él. Sólo al hacerme mayor descubrí algunas rarezas en él: ¿qué hizo que este hombre basto, que había aprendido a leer y a escribir solo, se interesara por la ópera -tenía una colección de discos increíble y los escuchaba en un fonógrafo RCA Víctor- y leyera el Reader´s Digest?

Nos encantaba ir a su casa, en el antiguo barrio de San Martín, de Córdoba, pues el tren pasaba por un zanjón que daba a los fondos de la propiedad. No sólo pasaba el tren, que nos fascinaba, sino que a metros de la casa había una garita con su guardavía, amigo de mi abuelo, quién solía llevarnos a conversar con él.

Muchas reglas dictadas por mamá nos saltábamos entonces: mi abuelo nos dejaba jugar en las vías con el perro de su amigo, tomábamos mate con aquel hombre -cosa prohibidísima- y bajo su guía, nos permitían bajar las barreras.

A veces el tren paraba brevemente, nos dejaban subir y nos llevaban hasta el próximo cruce, desde donde regresábamos en tranvía. No pagábamos boleto pues éramos menores y mi abuelo había trabajado como inspector hacía unos años. En estas idas y venidas podíamos pasar toda la mañana.

Otra atracción era el garaje -ya no tenía el Ford “bigotes”, al que había que darle manija para que arrancara-, por entonces convertido en taller de carpintería. Recuerdo que tenía un largo tablero que ocupaba una pared, donde había pintado el contorno de las herramientas, a las que colocaba sostenidas entre clavos. La mesa de trabajo era pesadísima, de patas muy anchas, y allí tenía máquinas a las cuales no debíamos acercarnos.

En ese taller, mi abuelo solía fabricarnos muchos juguetes, como un camión con ruedas de goma, cabina, asientos y la caja revestida de latón trabajado para mi hermano. Solía pintarlos de colores fuertes y tenía, en la parte de adelante, una cadenita por la cual lo podía llevar a rastras.

A mí, en cambio, me armaba muebles: sillones acolchados con telas de viejos cubrecamas; mesitas para el té, con sillitas enanas, cunas para mis muñecas. Mi abuela me hacía mantelitos de crochet -mientras me enseñaba a tejer- y gorritos a dos agujas con restos de lana.

En un pequeño hall vidriado, que daba a la cocina y al patio interior, tenían unos cuadros de cartón que me encantaban: paisajes con árboles, prados con vaquitas, algún ramo de flores. Allí, en los sillones con almohadones de cretona, mi abuela Fidela solía pedirme que le leyera Los cuentos de Calleja, que editaba un tío de ella y habían atravesado el mar con la familia. Eran cuentos de campesinas y de animales, algunos de hadas y otros de gigantes.

Eran gente simple, poco demostrativa, pero nos sentíamos integrados a ellos por un lazo al cual nunca pensamos ponerle nombre. Crecí subida a un cajón de frutas mientras mi abuela me enseñaba a cocinar platos de su tierra, con el gato que dormía sobre el carbón, recostándonos a la siesta con ella en la gran cama y repitiendo el “Ángel de la Guarda, dulce compañía…”, siguiendo su voz en la penumbra.

Luego del yerbeado con leche de la tarde, mi abuelo nos llevaría de vuelta al bonito chalet de barrio General Paz, donde mamá nos recibía en un mundo muy distinto, preocupada por los peligros que pudiéramos haber corrido.

Sugerencias:1) Recordemos contar a nuestros nietos historias de familia; 2) Aprendamos de ellos: pueden enseñarnos muchas cosas para las que nos creemos negados, como Internet, donde podremos encontrar los mundos que perdimos.

Halló un tesoro en el fondo del mar y ahora puede ir preso
Artículo anterior Halló un tesoro en el fondo del mar y ahora puede ir preso
Artículo siguiente Dolores Fonzi: al borde de los 40, la actriz más bella aprieta el acelerador
Dolores Fonzi: al borde de los 40, la actriz más bella aprieta el acelerador

Tambien te interesa