Cristina Bajo

Lectura y circunstancia

Quienes me leen saben de mi amor y atracción por los libros, que comenzó cuando yo era muy chica. 
por Cristina Bajo twitter Septiembre 10, 2017

Seguramente lo he dicho otras veces, pero es un deber nombrarlo en mis recuerdos: tuve la suerte de tener un librero por padrino. Él -junto con mis padres, que eran grandes lectores- no sólo me regaló los primeros libros de cuentos, sino que a través de su vida, hasta que ya era una mujer adulta, siguió poniendo en mis manos autores que comenzaban a destacarse: Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Rodolfo Walsh, Mario Vargas Llosa

Para alguien como yo, cuyas lecturas habían sido casi en su totalidad anglosajonas, descubrir a Horacio Quiroga y su mundo (que iba más allá de “Anaconda” y se emparentaba con el Edgard Allan Poe en sus cuentos de horror), sumergirse en el realismo mágico o deslumbrarse ante una diferente manera de narrar (Conversación en la catedral, de Vargas Llosa), pasando de Amado Nervo a disfrutar de Federico García Lorca, fue toda una aventura.

A veces me cuesta hacerles entender a los jóvenes el milagro que obra la lectura en nuestra mente, en nuestros sentimientos, en nuestra manera de descifrar el mundo. Por qué misteriosas razones un poema de Antonio Machado leído a los trece años, hace que 65 años después lloremos al ver en televisión un documental sobre el poeta, al escucharlo en su propia voz, no acostumbrada a declamar; cómo, al no poder hacerlo personalmente, instamos a un sobrino a quien trasladamos el amor por el poeta -y se dispone a viajar a Francia-, a que visite su tumba en el viejo cementerio de Colliure, a un paso de Cataluña.

Leer -especialmente narrativa- es abrir infinidad de puertas al pensamiento, a la imaginación, al gozo de saber, de investigar, de curiosear más allá de ciertos límites físicos; nos dará una mayor comprensión de los retos a los que nos enfrentan nuestras ocupaciones, estudios o necesidades; agilizará la capacidad de sacar conclusiones, nos distraerá de la congoja y al olvidar por momentos el dolor físico, la aflicción, la pérdida, el desastre de nuestros recursos, nos permitirá reponernos. Leer una novela, un cuento, librará nuestra mente de telarañas, ayudará a soportar las ausencias y a aceptar lo irremediable.

Es como el descanso en la contienda: la mente se distraerá y mientras vivimos esas muchas vidas -como nos prometió Robert Louis Stevenson– a través de sus páginas, los pensamientos terminarán por aquietarse y al finalizar la lectura, ese respiro nos facilitará resolver muchos inconvenientes.

Siempre he hallado respuestas en ciertos libros -la Biblia, los Evangelios, la Imitación de Cristo- y aún en otros que no rozan lo místico, porque cada lectura roza un momento vivido y nos acerca una frase que procura un consejo, una advertencia. Como cuando, en una de estas circunstancias, abrí un libro de Borges -no recuerdo el título de la obra, ni el nombre del poema- y di con dos líneas que desde entonces repito cada mañana al despertarme, comprobar que estoy viva y que me espera otro día de trabajo con sus favores y sus extravíos: Dame, Señor, coraje y alegría para escalar la cumbre de este día.

Sugerencias:

1) Así como alguien puso en nuestras manos un primer libro, pongamos nosotros en otras manos un libro adecuado a su edad y a sus intereses. 

2) Es importante infundir el hábito de la lectura desde muy pequeños con libros ilustrados y coloridos. 

3) Es fundamental atinar con el primer título, que afianzará el deseo de leer. 

4) Comencemos con los clásicos: por algo han sobrevivido.

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