Cristina Bajo

Antiguas palabras

Siento una gran atracción por la literatura oral que, a través de milenios, nos trae una leyenda, un poema, una canción repetida ante la hoguera de una cueva, en el salón de un castillo, al amparo de una ermita. 
por Cristina Bajo twitter Septiembre 24, 2017

Es milagroso que hayan sobrevivido hasta nuestros días, pues eso significa que alguien quiso preservarlas del olvido.

En un tomito del Centro Editor de América Latina -que tanto hizo para divulgar la cultura universal entre mediados de los años 60 y hasta la primera mitad de los 90- encontré, en una librería de usados, una Antología de la literatura oral. Al hojearlo, leí lo siguiente: “Seguramente el lector descubrirá en ellos, tal como nosotros lo hicimos, la aventura repetida y siempre renovada del hombre frente a la naturaleza, la muerte, el amor, Dios.” Demás está decir que lo compré.

Una de sus historias cuenta el génesis de los ashanti (África): dice la leyenda que en el Principio, Onyame -el Dios Cielo- creó a un hombre y una mujer que debían morar a orillas del río Bosommuro. Esta pareja no tuvo hijos, puesto que no conocían el deseo. Onyame envió entonces a una pitón –una onimi-, que les dijo que se pusieran de pie, cara a cara, junto al río; y cuando le obedecieron, se sumergió hasta el fondo, tomó un gran sorbo de agua, y al salir, roció sus vientres mientras pronunciaba unas palabras mágicas. Luego les ordenó volver a su choza y acostarse juntos.

Poco después la mujer dio a luz los primeros niños del mundo, quienes tomaron a Bosommuro como lugar venerado. Desde entonces, si algún miembro de los ashanti encuentra muerta a una de estas serpientes, la cubre con arcilla blanca y la entierra respetuosamente. Nunca las mata, porque a ellas le debe la existencia.

Otra leyenda que encantaría a muchas mujeres de hoy, corresponde a otra tribu africana, la de los abaluyia, de Kenia. Dicen los descendientes de esta tribu que una jovencita se ganó el derecho de evitar los quehaceres domésticos debido a su habilidad de alfarera y a su fuerza de voluntad.

La historia comienza con dos hermanas: la menor, que fabricaba hermosos cacharros de barro, y la mayor, que quería que la ayudara en los trabajos de la casa. Como no podía convencerla, un día rompió todas las vasijas, lo que hizo que la otra hermana, enojada, escapara de la casa.

La joven caminó y caminó hasta llegar a un lago; en mitad de las aguas, se elevaba un hermoso árbol -el kumurumba- y se quedó allí muy quieta, observándolo. El árbol comprendió el sentimiento que la embargaba, se acercó a la orilla, le preguntó si quería trepar a él; cuando lo hizo, el árbol regresó al lago.

Los padres finalmente la encontraron, pero no podían llegar a ella, por lo que le rogaron que regresara a la aldea. La muchacha se negó a obedecerles. Entonces fueron a buscar a su prometido, quien le suplicó que cediera y ella, que lo amaba, hizo que el kumurumba la acercara a la ribera. En la choza de su familia, a donde la llevó el muchacho, le mostraron las vasijas de barro que habían fabricado para contentarla.

Desde entonces, la joven alfarera se pudo dedicar a sus cacharros sin tener que ocuparse de los aburridos quehaceres domésticos. Este relato, según mi parecer, podría mostrar, a más de una, un camino a seguir.

Sugerencias:

1) No sólo leyendas y cantares, también refranes y fábulas componen la literatura oral: los ancianos de la familia darán fe y bueno sería tomar nota de sus dichos. 

2) Conseguir los tres tomos de Adivinanzas, compilados por Ivana Alochis y Vanina Rodríguez: no sólo son para docentes: todos podemos disfrutarlas.

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