Cristina Bajo

Leer y escribir

Graham Green escribió una obra de teatro que Victoria Ocampo tradujo como El lugar en que se vive (The living room, en inglés). Mi escritorio es algo así.
por Cristina Bajo twitter Octubre 13, 2017

 Junto con la cocina-comedor, son las piezas en las que paso más horas. En la cocina, comiendo, escribiendo a mano, buscando datos en libros voluminosos, cocinando, cenando con la familia o viendo televisión. En el escritorio, escribiendo, investigando, contestando correspondencia, recibiendo periodistas o alumnos, ordenando la biblioteca.

Esta habitación tiene la ventaja de que deja pasar mucha luz; por donde antes veía el rosal de mi madre, hoy desaparecido, veo una Santa Rita regalada por mi hijo menor -Gustavo- para un Día de la Madre. La ventana tiene cortinas de crochet tejidas por mi hermana Eugenia, y la reja es Art Nouveau, conseguida en una casa de rezagos.

Tres de sus paredes son biblioteca; el escritorio es grande y de pinotea; sobre él tengo la computadora, una caja de madera de mi padre con lapiceras y un abrecartas de Toledo, regalo de un amigo. Algunos premios, afiches de mis libros y un bonito retrato de mamá, muy joven, color sepia, completan el refugio.

Nunca olvido que comencé a escribir, siendo apenas adolescente, en una máquina Continental -regalo de papá-, de esas que aparecen en las películas de los años 40. Hoy, la computadora me resulta una bendición, sobre todo para corregir rápidamente. Además, me encanta bucear en Internet.

Los libros de esta pieza son de consulta: de historia, arqueología, sobre la población africana o indígena de nuestro país, novelas históricas de otros autores, algunas escritas hace más de un siglo. También de geografía y arte, enciclopedias y distintos diccionarios, especialmente el de etimología.

Estoy convencida de que no podemos escribir bien si no leemos mucho, bueno, y no tan bueno también.

Suelo escribir alrededor de ocho horas por día, pero si es necesario -ya sea por estar “inspirada” o por transitar las últimas páginas del libro- puedo llegar a superarlas. Si un día no me siento creativa, corrijo los textos del día anterior. Cuando estoy cansada, un café cargado me despeja la mente.

Hace poco, un periodista me dijo que mis diálogos eran muy coherentes. Eso, supongo, deriva de que uno de mis trucos es leerlos en voz alta, limando todo sonido áspero o difícil de pronunciar. Personalmente, me gusta el diálogo en la novela, es como que aliviana la prosa.

Mientras escribo, no dejo de leer, ya por necesidad, ya por diversión. Lo primero, porque escribir novela histórica implica investigación -reconozco que es parte del encanto de este género- y lo segundo, porque no concibo un día de mi vida sin abrir un libro que me deleite.

Suelen preguntarme si escribo para alguien especial. No podría escribir algo que no me gustara leer: sobre el heroísmo de la vida diaria, la épica de los pueblos, los melodramas familiares, un mundo de buenos y malos, donde ninguno lo es del todo pues tenemos claroscuros. Me gusta describir paisajes, la atmósfera de una casa, el alma de alguien atormentado, los objetos grandes o pequeños que atraen nuestra atención, la sensación de la libertad a campo abierto… También la soledad.

Y, para cerrar este “ser escritora y lectora”, diré que estoy convencida de que no se puede escribir bien si no se lee mucho, bueno, y no tan bueno también.

Sugerencias:

1) Para quienes quieren empezar a escribir: tener a mano hojas sueltas para atrapar ideas fugaces.

2) Una de ellas debe estar en la mesa de luz, junto con un bolígrafo: no acostarnos sin escribir unas líneas, y al levantarnos, dejar constancia en el papel de lo que soñamos.

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