Cristina Bajo

Aquellos días de cine

Historias inolvidables sobre un cine callejero.
por Cristina Bajo twitter Octubre 29, 2017

Desde que éramos chicos nos gustó el cine; quizás porque papá y mamá, como muchos jóvenes de entonces, estaban seducidos por él y nos contaban historias insólitas, anécdotas que hoy, a más de ochenta años de distancia, nos suenan increíbles.

Una de ellas era sobre un cine callejero. Por entonces la familia de mamá vivía cerca de la plaza Colón y, si no me engaño, los salesianos pasaban películas al aire libre sobre el muro del colegio, en escuadra con la fachada del templo de María Auxiliadora. Esa noche colgaban una sábana o un lienzo en la pared, donde proyectaban las “cintas”, los vecinos llevaban sus sillas y se acomodaban, en familia, a ver la película de la semana.

Todo iba bien hasta que un inmigrante del barrio -español como la familia de mi madre-, un andaluz con un instinto de supervivencia encomiable, se trepaba por alguna tapia distante, llegaba hasta el techo de los salesianos y se robaba la sábana -tenía muchos hijos y pocas veces trabajo- y huía dando tema para historias de aparecidos y muertos inquietos que dejaban su tumba. Hasta que, según la versión de mi abuela, se juntaron varios jóvenes, lo esperaron escondidos tras alguna chimenea, lo capturaron y le dieron una paliza.

Por un tiempo, al parecer, los vecinos pudieron disfrutar tranquilamente de las películas dejando para limosna alguna moneda de poco valor en la olla que, sobre un banco, parecía reclamarla. Como una anécdota más: mis padres se casaron en ese templo, y allí fui bautizada.

El andaluz se trepaba y robaba la sábana que ponían los salesianos para proyectar “cintas” al aire libre sobre el muro del colegio.

Otras historias se iban hilvanando con ésta, al mismo tiempo que películas que hicieron historia eran contadas por mis padres generalmente en la cena, única hora en que todos coincidíamos en casa; durante la semana, los más grandes estábamos medio-pupilos en la escuela de monjas en Unquillo y papá generalmente trabajando en Icho Cruz, Carlos Paz o Cuesta Blanca, así que sólo a la noche, de lunes a viernes, nos reuníamos todos.

De ellos aprendimos el nombre de grandes actores, como los Barrymore, y John y su hermana Ethel, a la que me fascinó ver en películas memorables siendo yo joven y ella muy anciana -El retrato de Jennie-; o los western de Tom Mix y Búfalo Bill, género que fascinó a mi padre hasta sus últimos días, cuando no se perdía en la televisión Bonanza, Gran Chaparral, o aquella de Bárbara Stanwyck -The Big Valley- a la que me hice adicta en mis licencias por maternidad.

Hubo películas que fueron míticas para mí: La Guerra gaucha, sobre un libro de Lugones, dirigida por Lucas Demare y protagonizada por aquel magnífico actor de carácter que era Enrique Muiño, junto a Amelia Bence. Hay notas en internet que hablan de él como “el gallego que se sentía gaucho”, y creo que no sería mala idea volver a pasar una película entrañable, El cura gaucho, que cuenta la vida de Brochero, a quien ahora se tiene tan en cuenta, y fue estrenada en 1941. En blanco y negro, por supuesto.

También recordaban comedias de Hollywood, como Lo que sucedió aquella noche, con Claudette Colbert, o dramas ingleses, como Cumbres Borrascosas, con Lawrence Olivier y Merle Oberon. Por entonces, el cine de Unquillo, los dos de Río Ceballos y otro que había en Villa Allende, eran el pasaporte para un mundo sorprendente, con cowboys y príncipes, piratas y fantasmas, dramas porteños y, los domingos a la siesta, Los tres chiflados.

Sugerencias:

1) Conseguir alguna película que marcaron a nuestros mayores: será una nueva forma de conocerlos.

2) No olvidar el cine en blanco y negro: algunas obras son inolvidablemente buenas.

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