Cristina Bajo

El hombre sobre el puente

Lo que me predispuso a aceptar lo extraño fue algo que me contó mi madre cuando yo tenía diez años.
por Cristina Bajo twitter Noviembre 5, 2017

Aún no tenía siete años cuando nos trasladamos a Cabana, una pequeña villa en las Sierras de Córdoba. Por entonces había zorros, corzuelas, pumas, liebres, zorrinos y unos pájaros enormes a los que llamaban “ataja-caminos”. La naturaleza, tan hermosa en aquella zona, podía volverse salvaje: a veces el viento arrancaba árboles y las crecientes arrasaban con cuanto hallaban en su camino: troncos, piedras, ranchos.

Era un paraíso a explorar, un lugar que evocaba espíritus, bandidos y seres fabulosos. Allí todo era mágico: la primera nieve, el estanque escarchado, los remezones de la sierra. Y las ánimas con que nos asustaba la niñera.

Teníamos muchos libros y se nos permitía leer lo que quisiéramos; el único libro que mi madre vetó fue Por siempre Ámbar, de Kathleen Winsor, una novela histórica prohibida en Boston -eran los años 40-, pero que la gente adoraba.

Entre mis lecturas preferidas estaban aquellas historias que sugerían algo mágico, eso que sólo algunos elegidos suelen ver. Pero lo que me predispuso a aceptar lo extraño fue algo que me contó mi madre cuando yo tenía diez años.

Mis abuelos, españoles, tenían por vecinas a otras familias de inmigrantes. Un día a la semana, las mujeres se reunían a tomar una taza de cascarilla y a conversar de “sus cosas”; a veces rezaban y siempre bordaban, tejían o zurcían.

Una de estas tardes, mi abuela mandó a mamá a la panadería cercana, y ella, por acortar camino, atravesó un descampado donde un arroyito urbano corría de vez en cuando; la gente del barrio había construido una pasarela con tablones, pues si llovía, solía crecer hasta volverse río.

Cuando mi madre iba a atravesarlo, vio a un hombre parado en mitad de aquel puente. Este señor y su esposa, de mejor pasar que el resto de los vecinos, eran ancianos y no tenían hijos pero, muy cercanos a mis abuelos, los ayudaban con los suyos. De ellos, mamá era la preferida. La llevaban a su casa, la consentían, le leían cuentos, le permitían tener un gato y la mandaban al colegio de monjas del barrio.

Al llegar a su lado, mamá se sorprendió de verlo de traje, con sombrero y bastón. Le preguntó adónde iba, y el buen señor le dijo que se iba de viaje pero había querido despedirse de ella. Le acarició la cabeza, le dio un beso en la frente y se fue.

Mamá se entristeció pensando si se iría también su mujer, a la que quería mucho. Cuando regresó con el pan, comprendió que algo malo pasaba, porque varias mujeres lloraban y otras estaban muy serias.

Mi abuela la retó por haberse demorado, y mi madre le contó que se había encontrado con aquel hombre; inesperadamente, mi abuela le dio un palmazo en la mejilla y, luego de zarandearla, le recriminó la mentira: acababan de avisarles que aquel anciano había muerto una hora antes.

Mi abuela no perdonó a mi madre por lo que creía un embuste: mamá jamás pudo hacerle entender lo que había sucedido y, con el tiempo, comenzó a preguntarse si había imaginado aquel encuentro.

Yo, por mi parte, creo que el buen señor quiso despedirse de ella, lo más cercano a una hija que habían tenido. Aún hoy la imagino, al caer la tarde, en la frágil pasarela, sobre un arroyo casi inexistente.

A través de la vida, algunos ecos desconcertantes me han tocado y aunque no les encuentro explicación, me resisto a desecharlos del todo. Me sostiene en mi creencia la convicción de mi madre al decirme, años después: “Pero él me besó en la frente”.

Sugerencias:

1) Anotar esas historias familiares.

2) Leer El hombre y sus símbolos, de Carl Jung.

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