Cristina Bajo

La última esposa

La vida de Catalina Parr estuvo llena de esperas y dilaciones, como si todo le llegara demasiado tarde, o demasiado pronto...
por Cristina Bajo twitter Noviembre 26, 2017

Enamorada de un noble inglés -Thomas Seymour- y habiendo ya enviudado dos veces, fue elegida para consorte por Enrique VIII, quien tenía en su haber varias esposas y amantes desechadas, encerradas o ejecutadas.

Se casó con el rey cuando, siendo éste viejo y enfermo, tuvo el buen tino de elegir una mujer madura -Catalina tenía 31 años-, que cuidó de él con dedicación y respeto. Ella era de carácter formal, culta y discreta.

La boda se bendijo en julio de 1543 y ella se convirtió en su enfermera, atendiendo sus males; entre otros, una pierna ulcerosa que lo había convertido en un ser hosco e irritable.

Pero era tal su dependencia de ella, que aunque Catalina fue acusada de simpatizar con ideas que se consideraban heréticas, no la llevaron a la Torre de Londres, sino que recibió solamente un tedioso sermón.

Las hijas de Enrique, María -de su primera esposa- e Isabel -de la segunda-, le tuvieron cariño y ella logró reconciliarlas con su padre antes de que éste muriera.

Catalina se había casado con él dejando en claro que no quería responsabilidades políticas, contrario a la actitud de Ana Bolena, que lideraba una facción familiar; a diferencia de su predecesora -Catalina Howard, de triste destino-, la Parr no procedía de una familia poderosa y posiblemente esta circunstancia la mantuvo a salvo de las intrigas y las venganzas habituales de las Cortes.

Ella era evangelista y si bien cumplía con sus creencias muy discretamente, no ocultaba sus preferencias y desde los primeros años de su matrimonio discutió abiertamente con su marido sobre el tema. Era tal el respeto y el cariño que le tenía el monarca, que llegó a tolerarle expresiones que a otros le hubieran costado el destierro y todos sus bienes, cuando no la vida. Aprovechándose de esta circunstancia, Catalina pudo proteger a intelectuales y reformistas de las delaciones que, cada tanto, depuraba el entorno de su esposo.

La vida de Catalina Parr estuvo llena de esperas y dilaciones, como si todo le llegara demasiado tarde… O demasiado pronto.

Enrique VIII murió en enero de 1547 y fue enterrado en Windsor. A las pocas semanas, Thomas Seymour, aquel pretendiente que debió eclipsarse de la corte cuando el rey la eligió por esposa, retomó la relación que se habían visto forzados a abandonar cuatro años antes, cuando Catalina tuvo que casarse con el monarca.

La viuda, haciendo gala de su prudencia, dejó pasar discretamente un tiempo, se convirtió en su amante y luego se casó en secreto con aquel hombre al que siempre había amado.

El adolescente príncipe Eduardo, que quería mucho a su madrastra, bendijo la unión de los enamorados y fueron, según chismes de la época, vulgarmente felices.

Catalina concibió su primer hijo cuando tenía casi 36 años -a finales de 1547-, y a pesar de las ausencias de su marido, que debía contener a los corsarios que asolaban las costas, el embarazo fue, para ella, una etapa feliz: lo prueban las apasionadas cartas cruzadas entre ellos que aún se conservan en la familia.

El 30 de agosto de 1547 dio a luz una niña a la que llamaron María, pero Catalina enfermó de fiebres puerperales -tan comunes en aquellas épocas- y murió seis días más tarde: sólo había disfrutado de un año de felicidad. En sus cartas, ella llamaba cariñosamente a Seymour “Mi querido aventurero”.

Sugerencias:

1) Leer las novelas históricas-policiales de C. J. Sansom Revelación y La piedra del corazón, que tratan de ella.

2) Ver la serie Wolf Hall, imperdible.

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