Culturas

Daniel Hendler, de galán de turno del prime time al teatro off

¿Se puede entrar y salir de la masividad sin costos? Mano a mano con un hombre que decidió vivir a su propio ritmo.
por Javier Firpo twitter Diciembre 3, 2017

Se nota que Daniel Hendler es uruguayo. En su forma de ser, su tranquilidad natural y hasta en cómo encara su oficio: lo convocan para la tele, pero él prefiere hacer una obra de teatro off. Intentan seducirlo para una película y él opta por escribir, dirigir y protagonizar una serie web de bajísimo presupuesto. “¿De qué vivo, te preguntarás? De los ahorros. Pero ya se me van terminando”, dice, imperturbable, este montevideano de 41 años, que entra y sale de la popularidad de una tira como Graduados para pasar a la consagración en El hermano inestimable, una obra teatral actualmente en cartel en Buenos Aires, en la que realiza una magistral labor en funciones donde lo ven, como mucho, 50 espectadores.

“Para mí es como trabajar en Hollywood, no me importa la plata sino el desafío que representa en mi carrera esta obra de Heidi Steinhardt”, asegura. Hendler abre su mochila y muestra el maratónico texto que se tuvo que aprender de memoria. “Son 42 páginas que prácticamente hago de corrido. No es un diálogo sino mi papel, que es de un hermano perturbado y no muy en sus cabales, cuya verborragia traspasa fronteras”, describe Daniel, que dice que está enamorado de esta puesta compleja y pequeña que le genera dolores de panza y una indescriptible satisfacción.

¿Con qué sensaciones nuevas te encontraste al hacer esta obra?

Con una gran incertidumbre debido a la contundencia de mi personaje; con frases difíciles de tolerar para un actor; con seis horas de ensayo diarias durante meses. En veinte años de carrera jamás viví un desgaste físico y mental semejante.

¿Pensaste en rechazar la propuesta?

Pasé por muchos estados. El texto, al leerlo, me movilizó y me impactó. Después pensé en el desafío que significaba para mí como actor, y también para mi memoria porque a los 41 años no es lo mismo que a los treinta.

A un actor famoso, ¿no le afecta hacer funciones para poca gente?

No, para nada. Al contrario, he hecho varias obras con muy poco público: quince, veinte personas. Y me brindo a pleno, porque es gente que pagó su entrada e invirtió su tiempo en mí, y debo retribuirlo. Esa intimidad que se produce entre poca gente me compromete aún más.

¿Cómo te llevás con tu estilo autocrítico?

Mejor que antes. Aprendí a ser menos fóbico y paranoico. Hoy estoy más convencido de lo que hago y menos pendiente del llamado para una oferta laboral. Fue apareciendo el actor autogestivo que se anima a escribir y a dirigir, como sucedió con El candidato, mi segunda película; o con esta pequeña serie, La división, en la que describo el sistema de trabajo, meritocracia incluida, en el que vivimos.

¿Es una habilidad esa de entrar y salir de la masividad?

No, me fluye. No podría estar todos los años en la tele, me volvería loco. Necesito conectarme con la actuación desde otro lado, como ahora el teatro o los proyectos en la web.

¿Qué te volvería loco?

La exposición. Estar tan a la intemperie me vuelve vulnerable. Prefiero dar un paso al costado.

Reloj, no marques las horas

Serio es Daniel Hendler. No adusto ni recio. Tampoco amargo, ni agrio. Tampoco simpático. Sí muy tranquilo y caballero. En su calma parece brotarle el uruguayo que lleva dentro, y ese uruguayo que también transporta al escenario. “No lo había pensado, pero puede haber algo de ‘uruguayización’ en mi método de actuar, ver y sentir la actuación. El no ser exitista ni petulante. Me gustaría tener la idiosincrasia uruguaya naturalmente, no buscarla o que sea una postura. Trato de no volverme loco con el vértigo de vivir tantos años en Buenos Aires, algo de lo que es difícil escapar. De todas maneras, en tiempos en que el mundo es cada vez más exitista, el uruguayo mira con recelo el éxito”.

¿Como una suerte de resistencia?

Claro, como una marca registrada. El progreso hace estragos en todo sentido, pero en Uruguay ese tipo de progreso no es bien visto.

¿Ser así te blinda de la locura porteña?

No tanto, es difícil no caer en las redes de Buenos Aires. Por suerte fui entendiendo a la ciudad y ya no me resulta tan shockeante. Antes viajaba seguido a Montevideo y la vuelta a Buenos Aires era un sacudón.

¿Qué es lo que hoy disfrutás más de Montevideo?

El paso del tiempo. Es distinto, más armonioso. En Buenos Aires nos cuesta dejarlo pasar porque pensamos que lo estamos perdiendo. En Montevideo, en cambio, al tiempo se lo deja discurrir, y está bien que así sea. Si me paso dos horas tomando mate, viendo el verde de la parra es una actividad que nutre, algo que suma a nuestra calidad de vida.

Cuando hiciste este año El candidato, ese filme que intenta humanizar el lado monstruoso de los políticos, ¿en quién te inspiraste?

En ninguno y en todos, al menos los contemporáneos a mí. Cada uno ve al político que más cerca tiene. Muchos veían a Macri, otros a Menem o a Tabaré, y muchos al Pepe Mujica.

“Soy de los que prefieren tener un gran director que un gran personaje.”

¿Asoma más la figura de Macri que la de Mujica?

Seguro. Pero es obvio por el auge actual de empresarios disfrazados de políticos que quieren estar de los dos lados del mostrador. Es tendencia en todo el mundo.

Como uruguayo, ¿qué dirías de Mujica?

Mujica tuvo muchas cosas discutibles como presidente, aunque sin dudas es un gran personaje por su manera de ser y estilo de vida. Eso es incuestionable y entrañable. Y dentro del abanico de opciones que había, era el político más elevado.

¿Acompañan los tiempos para apostar a proyectos propios?

No, para nada. El cine está atravesando una gran crisis a partir de un discurso que inocula que la cultura es algo inútil. Y ese discurso, dentro de un mundo que se jacta de ser mejor, se refuerza con el eslogan “la cultura no es rentable”. Por eso reafirmo que hacer cine hoy es para guapos, porque todo apunta a que el mercado empiece a regirlo todo, generando un inevitable deterioro cultural.

¿Cuándo sentís que tuviste tu punto de inflexión en tu carrera?

Creo que la película El abrazo partido, de Daniel Burman, resultó un trampolín, que se revalidó con el premio que me dieron en el Festival de Berlín (2005) como mejor actor.

Más ese Oso de Plata en la que venciste a monstruos como Tommy Lee Jones, Ethan Hawk y Robin Williams… Fue increíble, soñado. Yo con veintilargos, allí, en Berlín, retirando semejante premio. Me recuerdo en ese momento muy fóbico, inmerso en mi mundo y mis paranoias.

¿Tenés algún personaje que te desvele interpretar?

Depende de quién me dirija. Soy de los que prefiere un gran director a un gran personaje. De todos modos, vería con buenos ojos encarnar a un cantante y bailarín.

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