Cristina Bajo

Ulián y el churrinche (Leyenda tehuelche)

En una de esas aldeas vivía un indio muy respetado que hablaba con las plantas y los animales, los vientos y las nubes.
por Cristina Bajo twitter Diciembre 3, 2017

Antes de que los españoles llegaran a estas tierras, vivía en nuestras pampas un grupo de indígenas, los tehuelches. Eran cazadores, recogían plantas para curarse, frutos para comer, y se adornaban con collares y pulseras que fabricaban con los elementos que tenían a mano: tiento de las pieles de los animales que cazaban para alimentarse, piedras que pulían y pequeños objetos de barro que cocían y pintaban con ceniza y raíces machacadas.

En una de estas aldeas vivía un indio muy respetado: su nombre era Ulián y se decía que podía hablar con las plantas y los animales, los vientos y las nubes, como si supiera muchos idiomas que los demás no entendían.

Tenía estos dones desde niño, cuando se hizo amigo de un pajarito de color agrisado, que siempre andaba tristón. Él lo llamaba “churrinche” y trataba de convencerlo de que era tan importante y bonito como el resto de los pájaros. Pero el avecita no le creía y a veces daba unos trinos muy tristes, se apartaba de todos, no salía a buscar gusanitos y Ulián se encargaba de cuidarlo.

Un día llegó un gigante malvado que -decían- venía del otro lado de los Andes; y escondido detrás de un ombú, se dio cuenta de que aquél niño tenía el extraño poder de hablar con la naturaleza, lo que le produjo envidia y también miedo.

Así que una tarde lo esperó en el monte y cuando Ulián pasó cerca, lo atrapó entre sus manos y corrió a una cueva donde se escondía. Le ató las manos con una cuerda y tapió la entrada con grandes piedras para que no pudiera huir.

El churrinche, al ver esto, voló sobre al gigante y descubrió donde lo había encerrado. Cuando el malvado se fue dormir, entró en la cueva y, como era pequeñito, se deslizó entre las piedras y trató de desatar con su pico, sin lograrlo, las ataduras de su amigo.

Cuando el gigante regresó y lo descubrió, soltó un grito tan fuerte que al pajarito se le cayeron todas las plumas por el susto. Ulián, que no quería que el gigantón lo matara, le dijo que fuera al monte a buscar a sus compañeros para que lo ayudaran. El churrinche estaba avergonzado de su cuerpito feo y flaco, pero por amor a Ulián voló hasta el monte donde estaban reunidos varios animales y les contó lo que había sucedido.

Todos se pusieron de acuerdo y fueron a buscar a la vizcacha, que tenía su vivienda bajo tierra y, de acuerdo con ella, esperaron la noche para cavar una galería y así entrar a la gruta sin que los descubrieran: liebres, cuises, teros y zorrinos fueron retirando la tierra que quedaba detrás.

Ulián, en tanto, golpeaba el suelo con sus talones para indicarles dónde estaba; pero cuando lo encontraron, no pudieron desatarlo, así que lo arrastraron por el túnel para esconderlo en la guarida de la vizcacha.

Cuando el gigante regresó, y al descubrir lo que había pasado, lanzó otro feroz rugido. El churrinche, que había quedado vigilando al malvado, quiso advertir a sus amigos y comenzó a piar muy fuerte: “¡churruit… churruit… churruit… churruit!” gritaba.

El ogro lanzó al pajarito una enorme espina que lo hirió como una lanza, pero el pequeño siguió gritando hasta que sus amigos escaparon. Y entonces, sin fuerzas, cayó al suelo. Un hornero y su pareja lo tomaron de las alitas y lo llevaron junto a Ulián, que lo curó y decidió que, desde aquel día, sus plumas serían color rojo-sangre, en recuerdo de su coraje y de su generoso corazón.

Sugerencias:

1) Enseñemos a nuestros niños los animales que habitan la región donde vivimos. 

2) Respetar la naturaleza es el principio del humanismo.

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