Culturas

La nueva era de los viajes al cosmos llegó: ¿estamos listos para ir a Marte?

Rumbos viajó al Kennedy Space Center, en Cabo Cañaveral, el lugar que desde hace 60 años alimenta los sueños del programa espacial.
por Mariana Valle-Riestra twitter @maruvari Diciembre 4, 2017

La nave del Mayor Anthony Nelson es lanzada al espacio exterior desde la base espacial de la NASA, en Florida, Estados Unidos. Pero ocurre un desperfecto y cae en medio de una isla desierta. En la arena, el astronauta encuentra una botella misteriosa, de la cual emerge una hermosa geniecilla dispuesta a cumplir todos sus deseos. Así empezaba Mi bella genio (“I dream of Jeannie”), la exitosa serie de televisión que allá por los sesentas alimentaba la fascinación por la exploración espacial. Se vivían los años más álgidos de la Guerra Fría, y Estados Unidos competía codo a codo contra la Unión Soviética por la supremacía tecnológica y militar. De la carrera armamentista, pasaron a un duelo por conquistar el espacio.

En Estados Unidos reinaba un furor contagioso: los escolares seguían cada lanzamiento de la NASA, y construir modelos de cohetes a escala se convirtió en una afición muy popular. Sin embargo, mientras que los soviéticos ya habían lanzado con éxito en el ‘57 sus satélites no tripulados Sputnik–uno de los cuales llevó a la perrita Laika a bordo–, para los norteamericanos el panorama no pintaba muy alentador. Uno tras otro, los cohetes Vanguard fallaban antes de lograr poner sus satélites en órbita. Cada fracaso suponía pérdidas millonarias para el gobierno.

El 12 de abril de 1961, la Unión Soviética logró por primera vez en la historia poner a un hombre, Yuri Gagarin, a orbitar la Tierra. Un durísimo golpe para la moral estadounidense y el giro hacia una nueva meta dorada: “Antes del fin de esta década, llegaremos a la Luna”, dijo en 1962 el entonces presidente John F. Kennedy. No contaba con que no llegaría a verlo. Neil Armstrong pisó la superficie lunar en julio de 1969, seis años después de que Kennedy recibiera un tiro en la cabeza.

Hasta la vista, terrícolas

La conquista fue sobre todo simbólica. Plantada la bandera y sacadas las fotos de rigor, la euforia se fue diluyendo poco a poco. Sin motivos estratégicos de peso para continuar con los viajes, eventualmente el presidente Nixon canceló el costoso programa de exploración lunar.

Desde la última visita a nuestro satélite natural han pasado 45 años y el ser humano no ha vuelto a adentrarse en el espacio más allá de la región de órbitas bajas alrededor de la Tierra, llamada LEO (Low Earth Orbit), de unos pocos cientos de kilómetros de altitud, en la que orbita actualmente la Estación Espacial Internacional. Sin embargo, hoy la NASA tiene en la mira objetivos más ambiciosos.

“Marte será nuestro nuevo hogar”, asegura el veterano astronauta Jerry Ross, quien recibió a Rumbos en su oficina del Centro Espacial Kennedy, en Cabo Cañaveral, Florida. A una hora de Orlando, estamos lejos de Disney y del bullicio de las montañas rusas. Pero esta base –epicentro del programa espacial en los sesentas y la única en el mundo abierta a las visitas– tiene sus propias atracciones. Es aquí donde hoy se gesta el futuro de la raza humana. ¿Por qué el interés de la NASA por el planeta rojo? “Además del calentamiento global, enormes asteroides han amenazado con destruir la Tierra en muchas ocasiones, así que es sensato tener un plan B”, afirma Ross, quien desde la primaria llenaba álbumes enteros con recortes de cohetes y satélites. “Y si comprobamos que hubo vida en Marte pero se extinguió, al menos seremos capaces de estudiar las causas, y así evitar que suceda lo mismo con la Tierra”, agrega el astronauta.

Desde hace más de tres décadas, la NASA invierte miles de millones de dólares en enviar sondas y rovers a explorar el suelo marciano. Aunque poco amigable por sus bajísimas temperaturas y su ausencia de oxígeno, Marte es el único planeta identificado con evidencias de haber albergado, o de albergar todavía, alguna forma de vida.

De acuerdo con Ross, la NASA está trabajando en el desarrollo de los elementos técnicos necesarios para poder enviar seres humanos más allá de las órbitas bajas de la Tierra y, en un futuro, a Marte. La cápsula espacial Orión y el flamante cohete SLS (Space Launch System) son las dos piezas clave de ese plan. “Justamente vengo de hacerle una visita a la nueva nave; están terminando de instalarle todos los sistemas”, dice Ross. “Si todo va bien, hará su primer vuelo de prueba en conjunto con el SLS a fines de 2018. El destino será la Luna”, explica. Si bien el plan de la NASA no incluye alunizar, durante la misión se realizarán una serie de maniobras y tests a los sistemas de la nave en el entorno de la Luna a lo largo de varias semanas. De salir airosa, Orión será la cápsula que lleve al hombre a Marte en algún momento de 2030.

Houston, tenemos un problema

Vestido con un traje anaranjado lleno de banderitas e insignias, Franklin Chang-Diaz sonríe de oreja a oreja en su foto del Salón de la Fama de la NASA, en el Centro Kennedy. Y no es para menos. El astronauta costarricense –uno de los primeros latinos en ir al espacio– comparte la sala con leyendas de la astronáutica como Alan Shepard, Neil Armstrong y Sally Ride. Famoso por ser quien tuvo la practiquísima idea de reemplazar el pan –cuyas migas flotaban sin control en el espacio– por compactas tortillas mexicanas, ahora tiene entre manos un invento (aún más) revolucionario. Con su empresa Ad Astra Rocket, Chang está desarrollando una tecnología barata y eficaz para propulsar naves espaciales. Su motor de magnetoplasma de impulso variable (VASIMIR, en inglés) promete hacer llegar naves a Marte en solo 45 días, en lugar de los 18 meses que se proyectan para un viaje ida y vuelta con la tecnología actual. Sin duda, un factor que facilitaría las expediciones a Marte y su eventual –muy eventual– poblamiento.

Pero antes de lanzarnos a la conquista del planeta rojo, hay ciertos asuntos a considerar además de la distancia. Uno de ellos es la radiación. Según un estudio publicado en la revista Science, ir y venir del planeta rojo equivaldría a hacerse 33.000 radiografías. Por otro lado, se desconocen los efectos que la gravedad cero podría tener a largo plazo en el cuerpo humano. Hoy los astronautas deben realizar al menos dos horas diarias de ejercicios para evitar que sus músculos se atrofien, y aún así, muchos deben bajar de las naves en sillas de ruedas.

Otro asunto que requiere una solución urgente es cómo abastecer las naves con suficiente combustible y alimento para llegar hasta Marte. En las naves espaciales no hay lugar para el desperdicio. De hecho, cuentan con sistemas que reciclan incluso el sudor y la orina de los astronautas y los transforman en agua potable. “En la Estación Espacial, el sudor de ayer se convierte en el café de hoy“, contaba el astronauta Don Pettit.

En el último congreso de la NASA, celebrado en febrero, se discutió una idea muy interesante con miras a las futuras misiones a Marte: la terraformación. Básicamente, consistiría en acondicionar el planeta rojo para hacerlo más habitable para los seres humanos. Es decir, dotarlo de una atmósfera y temperatura adecuadas, y de agua en estado líquido. ¿Cómo se logra? En primer lugar, introduciendo plantas que se adapten al hábitat marciano. Estas generarían oxígeno, que iría engrosando la atmósfera. Así se calentaría el planeta, lo cual a su vez derretiría el hielo marciano hasta formar lagos. Este proceso, claro, tardará entre siglos y milenios en completarse.

Un ticket a Marte, por favor

La NASA no es el único actor interesado en expandir la raza humana hacia otros rincones del universo. Empresas privadas como Boeing, Blue Origin, Deep Space o Virgin Galactic cooperan activamente en la realización de futuros viajes comerciales al planeta rojo.

Pero quizás sea Elon Musk – el excéntrico y visionario fundador de Tesla, PayPal, Space X, entre otras exitosas compañías– el que más en serio se ha tomado la idea de convertir a la especie humana en una raza multiplanetaria, al punto de fijar una meta más ambiciosa que la de la agencia espacial estadounidense para llegar a Marte. “Estoy bastante confiado en que podremos completar nuestra nave a tiempo y lanzarla en 2022”, dijo hace poco el magnate en el Congreso Astronáutico Internacional. Se refiere al nuevo cohete que está desarrollando y que reemplazará a la actual flota de Space X, Su nombre formal es Interplanetary Transport System, pero –fiel al estilo irreverente de Musk– se la conocerá como “Big Fucking Rocket” (BFR).

Pese a que su optimismo –y la viabilidad económica de su proyecto– han sido cuestionados, lo cierto es que su compañía se acerca cada vez más a la meta. Actualmente Space X tiene arrendado un sector de la plataforma de lanzamiento en el Centro Espacial Kennedy, y proyecta la construcción del primer BFR para dentro de unos siete meses.

El novedoso cohete de Musk tendrá 48 metros de largo con un diámetro de 9 metros y –he aquí lo más interesante del proyecto– contará con un sector habitable acondicionado con 40 camarotes, cada uno con capacidad para 2 o 3 personas. “En cada viaje a Marte viajarán en total unas cien personas”, detalló el millonario inventor. ¿Llegó la hora de ir armando las valijas?

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