Cristina Bajo
BAJO RELIEVE

Apenas lo que pasaba

No hay mejor forma de capturar un lugar que estos relatos escritos por un ingenuo cronista hace muchísimos años.

por Cristina Bajo | Diciembre 10, 2017

Cuando visito otras provincias, me gusta recorrer sus librerías y comprar libros que cuenten la historia doméstica de esa ciudad.

No hay mejor forma de capturar un lugar que estos relatos escritos por un ingenuo cronista hace muchísimos años. Entre unas y otros, a veces damos con un autor que, junto a esos sencillos méritos, aúna en su prosa un toque de genuina literatura.

Eso me sucedió hace unos días con un libro que tiene un título desconcertante: Los choques remotos. Su autor, Gabriel Ábalos, santiagueño aquerenciado en Córdoba, escritor, periodista, interesado en el folclore urbano de mi ciudad, es hijo de aquel autor -Jorge Ábalos- al que, cuando yo era docente rural, disfrutaba de leer a mis alumnos y luego a mis hijos: el autor de Shunko, “el maestro bichero”.

En Los choques remotos Gabriel Ábalos, al decir del diario Alfil, teje elementos históricos reales y ficcionales para escenificar la vida cotidiana de Córdoba, una siesta de 1904 o un jueves de junio en “que nada era el pasado sino apenas lo que pasaba.” Es un libro atractivo, fácil de leer, pero difícil de reseñar: la primera página me atrapó, me sentí transportada dentro, ya no de un libro de Azor Grimaut, sino en algún lugar elusivo de sus relatos. La historia comienza en una especie de pulpería urbana donde, por esas cosas tan nuestras, hay una mesa de billar, un desafío y la expectativa de algún impromptu; es una esquina de arrabal que, si barajamos recuerdos, podemos ubicar en algún rincón perdido de nuestros primeros barrios.

Está por llevarse a cabo una partida de billar en la que se juega una vida -y el sentenciado no lo sabe-, y la escena con que comienza el libro, vívidamente narrada, tiene un sabor tan real que desconcierta tanto como la pesadilla que un poeta “vio con los ojos de sueño…”.

No hay mejor forma de capturar un lugar que estos relatos escritos por un ingenuo cronista hace muchísimos años.

Pronto aparecen, además del pulpero y del retador (un alemán santafecino y compadrito), el conductor de un cabriolé, una vecina que cruza el puente hacia el otro lado de la ciudad, dos muchachas en un balcón “vichando” lo que sucede, un mendigo que pide respetuosamente limosna para no desmentir a los viajeros ingleses que escribieron sobre ellos.

Un jinete atropella como un presagio mientras la pasajera trata de recordar el nombre de un cura al que necesita consultar sin que sepamos por qué.

No dejamos de preguntarnos a dónde va el autor, pero eso no nos inquieta: seducidos por la prosa, por el entretejido humano que abarca desde políticos a perros de la calle, de basurales intramuros a salones frescos, disfrutamos de esa pobreza sin tristeza de chicos sin zapatos que ríen y juegan despreocupadamente.

La novela nos lleva a pensar en puertos y desencuentros, pues esta ciudad sin mar, donde el agua se vuelve remolino y polvo, nos deja un resabio de naufragios y un derrotero de mapas invisibles: no es casual que la obra comience citando La Odisea, y que nos recuerde -por el rompecabezas con que cierra la trama- al Ulises de Joyce.

El libro tiene una segunda lectura, que lo emparenta con nuestro Cristóbal de Aguilar de fines del S. XVIII, con Arturo Capdevila, con textos de Leopoldo Lugones en el XX y con Azor Grimaut, su Duendes en Córdoba, o Infancia, piquillín y mistol, que rescata del olvido lo que fuimos hasta llegar a ser, para bien o para mal, lo que hoy somos.

Sugerencias:

1) No importa en qué ciudad o pueblito vivamos: siempre tendrá un cronista.

2) Busquemos sus libros para los jóvenes de la familia: en esas crónicas está la esencia de lo que somos.

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