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¿Por qué llegamos a las fiestas con estrés? La odisea de llegar a fin de año… y ser feliz

Con el último suspiro, llegamos a diciembre. Pero, ¿por qué vivimos las fiestas como si fuera el fin del mundo?

por Leila Sucari | twitter @LeilaSucari | Diciembre 10, 2017

Llega diciembre y la mayoría de la gente comienza a hacer su balance, entonces surgen dudas, conflictos y angustias: ¿estoy donde quiero estar? ¿Qué proyectos tengo para el futuro? ¿Hacia dónde quiero ir?

Las lucecitas navideñas, el pan dulce, la típica pregunta “¿con quién pasás las fiestas?”, el caos de compras, las frutas abrillantadas y las reuniones de diciembre forman el escenario perfecto para que te agarre la crisis de fin de año. En esta época, la presión laboral, los fracasos y el cansancio se sienten con intensidad: todo lo que a lo largo de los meses fue a parar bajo la alfombra, ahora asoma provocándonos incertidumbre. Es muy común que, lejos del alegre espíritu navideño, muchos se depriman y se hundan en balances poco constructivos.

“Las personas dividimos la vida en ciclos: a lo largo de la evolución hemos dejado de ordenarnos por los períodos que dicta la naturaleza y ahora nos rige el calendario”, dice el psicoanalista Pedro Horvat. “Cuando se acerca el fin de un ciclo, es inevitable que miremos hacia atrás. Las fiestas se asocian a recuerdos de la infancia, despiertan problemas familiares y reavivan las ausencias. No es una fecha indiferente para nadie, aunque no seas católico e incluso aunque decidas no festejar, el fin de año afecta de una u otra manera. En esta época aumentan las consultas, así como también los casos de depresión. La gente se topa cara a cara con aquello que no salió como esperaba, sus vínculos y soledades más profundas”.

En diciembre, las publicidades de familias felices y la presión del consumo se expanden de tal manera, que resulta imposible ser indiferente, sobre todo en las grandes ciudades. “Todos los años me deprimo antes de Navidad”, cuenta Manuela, empleada de comercio. “Me angustio apenas empiezan a llenarse los locales de adornos de colores. Lo que más me afecta es la tensión y el estrés que tiene la gente, es muy fuerte, todos están desesperados por gastar plata y reunirse, como si se terminara el mundo”.

El cuento de la buena pipa

En medio de la euforia, la depresión y los balances, el horizonte y la esperanza están puestos en enero. “Cuando pasen las fiestas, todo va a estar mejor”, “después de las vacaciones las cosas se van a solucionar” “lo que necesito es que termine este año”, son frases que escuchamos a diario. Enero es, en el imaginario colectivo, una suerte de oasis, el momento donde los problemas desaparecen y volvemos a respirar. ¿Pero es realmente así?

“Creer que la vida va a ser mejor en enero, es tan absurdo como esperar a que sea lunes para empezar la dieta. Mucha gente prefiere tomarse el verano a modo de paréntesis, pensando que los problemas se van a solucionar solos. Pero nada se arregla por estar en la playa o tener unos días libres. Los verdaderos conflictos, que son los que causan angustias e incertidumbre, son temas profundos. La única manera de solucionarlos es enfrentarse, siendo sincero y aprovechando el típico balance para mirar con atención, elegir y actuar en consecuencia”, dice Horvat.

Además de aumentar las consultas psicológicas, en noviembre y diciembre se multiplica la cantidad de gente que decide empezar al gimnasio y pide turno para hacerse chequeos médicos, como si algunos quisieran resolver en pocos días lo que no hicieron durante once meses. La sensación de urgencia invade las agendas y la ansiedad se propaga.

“Lo único que me gusta de fin de año es que pasa rápido”, dice Federico, diseñador gráfico. “En enero las cosas se calman y nadie se vuelve loco por comprar nada. Trato de salir lo menos posible y espero que pase la tormenta. no soy de los que creen que el 2018 va a ser mejor, pero al menos va a faltar todo un año para volver a padecer diciembre”.

Conócete a ti mismo

Sócrates, el filósofo griego, era quien decía que “una vida no examinada no merece la pena ser vivida”. Es necesario frenar, pensar, observar y volver a tirar las cartas. Tomar conciencia de dónde estamos en el presente para mejorar lo que está por venir. Pero eso no significa torturarse. Hay que considerar también los aspectos positivos en vez de hacer foco en las cosas malas.

“El desafío es mirar dentro de uno mismo con absoluta y cruda sinceridad: ¿Cómo llegué a este punto? ¿Hacia dónde quiero ir ahora? ¿Qué voy a hacer para lograrlo?”, dice Horvat. “Es fácil e inútil echarle la culpa a los otros, a las circunstancias o al momento del año. Para mejorar, es necesario ser honesto y aceptar los errores propios. Una buena forma de aprovechar la crisis, es tomar conciencia de que lo que suceda el año próximo, va a depender de lo que empiece hoy. Si no cambiás, si repetís siempre lo mismo, todo va a seguir igual”.

“Analizar lo que salió mal a lo largo del año únicamente tiene sentido desde el punto de vista del aprendizaje, dice la psicóloga Miriam Ortiz. “Cuando miramos el pasado de forma crítica, con la intención de aprender de la experiencia y no repetirla en el futuro, lo que a menudo encontramos, paradójicamente, es que los viejos patrones de comportamiento vuelven una y otra vez”.

Si querés cambiar, no esperes que el calendario haga tu trabajo. El 2018 no va a traer bajo el brazo una realidad nueva, el futuro depende de lo que cada uno elija hacer con lo que hoy le sucede.

Naikan: el camino de la auto-observación

“Todo lo que necesitamos para ser felices está en nuestro interior”, sostiene el Naikan, un método de reflexión japonés. A través de ciertas preguntas (“qué hicieron las personas por mí durante este período?”, “¿Qué hice yo por ellas?”, “¿Qué dificultades causé?”) se busca repensar las relaciones y comprender los problemas del presente y del pasado para construir un futuro con más perspectiva. El objetivo del Naikan es frenar la vorágine y examinarse a uno mismo por medio de la introspección.

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