Cristina Bajo
BAJO RELIEVE

El niño del agua

Hace poco, en la presentación de un libro, tuve oportunidad de conversar con un señor de aquellos que gustan de contar relatos de su tierra... 

por Cristina Bajo | Diciembre 17, 2017

San Francisco del Chañar es una ciudad del norte de Córdoba, cercana a la provincia de Santiago del Estero, fundada en 1778, a “la vera del Camino Real”, que unía nuestro país con el antiguo virreinato. Además de bonita y pintoresca, tiene mucha historia para contar.

Hace poco, en la presentación de un libro, tuve oportunidad de conversar con un señor de aquellos que gustan de contar relatos de su tierra. Y como estábamos a punto de entrar en diciembre, me contó una historia de Navidad a la que se conoce como “El Niño del Cercado”.

Era costumbre hace tiempo, que días antes del Nacimiento, los chicos del poblado comenzaran a preguntar por la llegada del Niño Dios. No sólo los pequeños preguntaban por Él, sino también los mayores: desde la tormenta de Santa Rosa no llueve y peligran las cosechas, se secan los pozos, menguan los ríos, y no hay pastura en los campos, así que deben arrear el ganado a lugares lejanos, donde haya agua.

Es por eso que chicos y grandes reclaman la llegada del Divino Infante, pues es creencia que traerá la bendición de la lluvia sobre “el norte ardido por soles y vientos”, según decía un estudioso.

En el principio de la historia, el Niño estaba guardado hasta la noche del 24 de diciembre, en la estancia “El cercado” que pertenecía a la familia Bustamante; era una imagen pequeñita que alguien había traído desde el Alto Perú. Un día, el patriarca de la familia decidió trasladarse a un pueblito en el límite con Santiago del Estero, con la promesa de regresar con la imagen venerada antes de la Nochebuena, pues los vecinos de El Cercado creían que Jesusito les traería la tan ansiada lluvia. Por eso, con muchos días de anticipación, se preparaba en un retablo lateral, un humilde pesebrito donde le dedicarían la misa del gallo.

Al Niño lo traían en angarillas un grupo de hombres que se turnaban para cargarlas; eran fieles, algunos con dos vacas de más, pero hermanados en aquel recorrido santo. Casi todos iban descalzos, por más que fuesen muchas horas de andar entre el polvo y el calor: debían salir antes de que clareara el día, para llegar a San Francisco al anochecer. Junto a ellos, caminaban mujeres con niños calzados en la cadera, o dormidos de sol sobre sus hombros. Alguno de los peregrinos tocaba el bombo indio, y desde los ranchitos salían a saludarlos y a ofrecerles agua o comida.

A medida que avanzaban se les unían comadres sentadas en burros, un joven montado en una mula arisca, viejos que aparecen entre las matas resecas del monte. No faltará una jovencita de trenzas que acompaña a su abuela que viste, por una promesa, un hábito blanco con el manto celeste de la Madre del Señor.

Cuando van llegando al pueblo, tienen que apurar el tranco: en cuanto distinguen las altísimas torres de la iglesia, se oye el zumbido del viento y aparecen, por el sur, nubarrones oscuros.

Y sea casualidad o Providencia, a medida que avanzan por la calle que desemboca en el atrio, comienzan a caer los primeros goterones de una lluvia que se volverá torrencial.

Al amanecer se dará una misa, tocarán las campanas, se oirá el bombo y los vecinos sentirán que, una vez más, “el Niño del Cerco no los había abandonado” en aquella feliz Navidad.

Sugerencias:

1) Recomiendo un hermoso libro, El Folklore en la Religiosidad Popular, donde grandes estudiosos de nuestro folclore han escrito sobre estas costumbres en diferentes provincias de nuestro país.

2) Buscar en viejas bibliotecas barriales libros de Viggiano Esaín o revistas del Instituto Nacional de la Tradición. 

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