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Bajo el sol eterno de San Rafael

Bodegas de prestigio, actividades de montaña, aguas cristalinas y copas de vino en el sur mendocino.

por Aníbal Mendoza | Enero 21, 2018

Pudo haber sido una franquicia del desierto del Sahara en la región de Cuyo pero decantó, gracias a la inventiva de sus precursores a la hora de domesticar la tierra, en un oasis de paisajes de leyenda. La ciudad de San Rafael, a 235 km al sur de Mendoza, reluce como uno de los grandes atractivos que compite en exuberancia y elixires con la capital provincial.

Las aguas del Diamante y del Atuel y el cincel del tiempo esbozaron una serie de viñetas para contemplar, sumergirse o quedarse a vivir con cualquier coartada. Un cañón con paredones que remontan río arriba como un almacén de escenografías en piedra, los espejos de agua tuneados por la naturaleza para la tribuna, grandes dunas para reponer sosiego. Todo eso en connivencia con unos vinos de producción industrial o artesanal.

El Cañon del Atuel. 

Paraíso de verano

La excursión contempla un día entero para degustar a sorbos sus 190 kilómetros de ríos, embalses y llanura de transición. Desde el mirador de San Francisco de Asís se lo otea de lejos como para que el efecto del encuentro empiece a hacer mella con anticipación. La villa turística El Nihuil, erigida en los años 40, oficia de preludio de todo el entramado creado para proveer de energía a la ciudad.

Una vez inmersos en las paredes del cañón, el juego de la imaginación no tiene límites. Las extraordinarias geoformas de las rocas, que combinan el rojo del hierro, los blancos del calcio y el verde del cobre, se prestan para la chacota. Darth Vader y Homero Simpson, incluso el Indio Escondido se cuelan entre las rocas granuladas que afloran en La ciudad perdida, El búho, la Congregación de Penitentes o el Museo de Cera. Unos 55 kilómetros para solventar en camioneta para llegar al clímax del mirador El Submarino, el agua esmeralda que quita el aliento, la postal canónica de San Rafael.

Circuito de bodegas

La copa llena

vino escapada

Muchas de sus más de 90 bodegas, algunas centenarias, otras boutique, ofrecen visitas con degustación para ampliar la percepción de los placeres. La primera estación es un clásico de la mesa argentina: Bodega Bianchi, que recibe 55 mil turistas al año y está por cumplir nueve décadas de vida. Su historia discurre en paralelo a la de Mendoza y la llegada de inmigrantes, en este caso del Piamonte italiano. La cata pasa por varias etiquetas hasta llegar al Enzo Bianchi, que emerge de su sueño de año y medio en barrica para cautivar al paladar. La Finca El Nevado -ex Santa Silvia- es un ejemplo del envión del emprendedurismo entre viñedos: sólo 20 hectáreas, 300 mil litros, rosados y blancos de alta gama. La Bodega Ibarra también se anota en esa modalidad. Pyme de familiar fogoneada por el enólogo Edgardo Ibarra, toneles que conviven en el mismo consorcio con la casa familiar, restaurante intimista que ofrece extraordinarios vinos.

El laberinto de Borges

Sacado de un cuento

laberinto

​A pocos kilómetros de San Rafael, la Finca Los Álamos semeja la clásica estancia aristocrática de tierra adentro si no fuera porque cobija una obra confeccionada con arbustos que homenajea a Jorge Luis Borges. Unas 7.000 plantas que desde la torre que se encarama a su vera revelan en su extraña caligrafía el nombre del gran estandarte de la literatura argentina en un juego de espejos. La obra lleva la firma de un diplomático inglés llamado Randoll Coate, diseñador de laberintos y de la tía abuela de la dinastía familiar, Susana Bombal, ambos del círculo íntimo del escritor. Una anomalía maravillosa en un paisaje agreste impregnado de historia.

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