Cristina Bajo
BAJO RELIEVE

El principio de los tiempos

por Cristina Bajo | Febrero 4, 2018

Los pueblos celtas, según algunos historiadores, llegaron a Gran Bretaña, desde las tierras boreales, aproximadamente en el año 700 antes de Cristo. Siempre me han fascinado como pueblo y tengo una discreta bibliografía sobre ellos, pero por sobre su historia guerrera y sus migraciones –llegaron hasta el Asia central–, siempre me sedujo su poesía, su literatura y sus creencias, que marcan un límite impalpable entre la realidad del mundo visible e invisible: en el arte y la artesanía que desarrollaron se vislumbra ese entramado en el diseño de sus joyas, artículos suntuarios o detalles arquitectónicos que siguen influyendo en nuestra estética.

Según leí, en el mundo de los celtas existía la creencia de que lo visible y lo invisible configuraban un solo mundo y decían que se podía salir de uno y entrar en el otro a voluntad. De ahí que abundaran tantas historias de hadas, de fantasmas, de ánimas vengativas o de custodios invisibles de los diferentes clanes.

Es común, también que, adorando a la naturaleza, relacionaran determinados lugares con cierto tipo de “elementales”, un término que hasta hoy se asocia con apariciones o personajes derivados del mundo de la magia.

Y, según me cuentan amigos que hace pocos años han viajado por Irlanda, aún existen parajes considerados propiedad de hadas o gnomos: no se levantan casas allí, no se siembra, no se entra en ellos sin haber presentado antes el “salvoconducto” de una plegaria en gaélico. Manantiales, colinas, piedras de formas extrañas, grutas y árboles tienen un genio protector.

Otra de sus creencias supone que la esencia o espíritu de una cosa no se limita a una forma particular, ni tampoco vive solamente en el presente: el alma posee fluidez y una fuerte energía, y esto hace que no acepte encerrarse para siempre en una forma rígida ni en un momento único del tiempo.

El alma y la materia se juntan y se alejan entre sí como lo hace el tiempo y la eternidad, y el cuerpo humano participa de este ritmo. De ahí que, de vez en cuando, pueda un guerrero muerto aparecer en batalla como un lobo, o su espíritu traer un mensaje en el graznido y la presencia de un cuervo.

Para los celtas, el mundo es latente y activamente espiritual. Y la profundidad de esta creencia se expresa, sobre todo, en la potestad de la palabra: a través de ella, se podían provocar sucesos; sus cánticos y sortilegios tenían el poder de revertir el curso del destino, hacer que alguien retornara de la muerte para hacer un juramento.

Su espiritualidad era sensual y lírica. No existe un solo poema en que no se le dé un lugar preeminente al paisaje, que se une al estado de ánimo: en ellos podemos sentir el viento, escuchar las mareas, oler el miedo.

Al llegar el cristianismo, no tuvieron problemas en aunar apariciones y ángeles, visitar tierras lejanas astralmente y traer mensajes del más allá, pues aman ese mundo y se sienten parte de él. Y no se trata sólo de creencia: se acerca más a la afinidad y siempre encuentran un puente entre lo visible y lo invisible. Ese sentimiento lo expresan en bellas poesías a las que llaman “bendiciones”: Dios bendiga este día y que su mano me sostenga. / Que bendiga a mis hijos y a mi esposa. /Que bendiga mis sembrados y mis ganados. /Que no deje que mis manos se vuelvan ociosas, y que mantenga limpio mi corazón… Sugerencias: 1) Leer, de Eudeba, Las literaturas célticas, de Jean Marx; 2) Conseguir El misterio de los celtas, del vizconde H. de la Villemarqué, sobre relatos de la Bretaña Francesa, editado en 1867. •

Ocuparse de los canteros y macetas ayuda a prevenir la acumulación de insectos
Artículo anterior Ocuparse de los canteros y macetas ayuda a prevenir la acumulación de insectos
Artículo siguiente A cinco años de la ley antitabaco, ¿logró cambiar algo?
A cinco años de la ley antitabaco, ¿logró cambiar algo?

Tambien te interesa