Cristina Bajo
BAJO RELIEVE

Como se van los buenos

por Cristina Bajo | Febrero 11, 2018

No es común hoy en día hablar de la muerte, quizás porque, como la definió Philippe Ariès -en La Muerte en Occidente- este paso ineludible se ha convertido en algo “salvaje”: casi siempre nos llega en salas de hospitales, conectados a máquinas que, dicen, hasta pueden pesar el alma.

En nuestros días, aquella muerte en la casa familiar, rodeados de los nuestros, donde se dicen las últimas palabras ante los seres queridos, es prácticamente desconocida.

Aquella muerte rodeada de humanidad y no de extraños, inspiró poemas como el de Juana de Ibarbourou donde reta a Caronte –el genio del mundo subterráneo que guía la barca de los muertos– en “Rebelde”:

Caronte: yo seré un escándalo en tu barca.

Mientras las otras sombras recen, giman o lloren … yo iré como una alondra cantando por el río.

Quizás por esta actitud ante la vida, vivió Juana largamente y murió en paz, entre sus versos; en uno de ellos, recordando un pino caído del cual han hecho fuego, escribe:

Y del pino inmenso ya ves lo que queda.

Yo, que soy tan pequeña y delgada, ¡Qué montón tan chiquito de polvo Seré cuando muera!

También Juan Ramón Jiménez nos dejó un hermoso poema, “El viaje definitivo”, que dice: .

..Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando; y se quedará mi huerto, con su verde árbol, y con su pozo blanco.

Piensa el poeta que oirá las campanas, que morirán los que lo amaron, pero que su espíritu permanecerá en el rincón amado de su huerto hasta que, finalmente, él también partirá …Y se quedarán los pájaros cantando.

Eulalio Ferrer, en El lenguaje de la inmortalidad, toma nota de un poema de Jaime Sabines usado en una tarjeta mortuoria: Morir es retirarse, hacerse a un lado, ocultarse un momento, estarse quieto, pasar el aire de una orilla a nado y estar en todas partes en secreto.

Hay consuelo en el pensamiento de que el espíritu seguirá deambulando por espacios cotidianos, cerca de los que amamos, en el cielo de los cristianos o la reencarnación de los orientales.

Pero la muerte no sólo da para la poesía romántica – recordemos que Eros y Tánato, mensajero de la Muerte, suelen ir de la mano– sino que se prestan –a veces a propósito, otras inconscientemente– a situaciones raras o divertidas. El escritor Evelyn Waugh, en la novela Los seres queridos, hace una sátira de la pompa y la locura que rodea, en los tiempos post modernos, al último ritual.

El libro de Eulalio Ferrer mezcla el humor negro con la política: en 1963, ante la condena de dos periodistas que se negaron a revelar sus fuentes, apareció en The Times el siguiente aviso: “Libertad de prensa. En recuerdo de su muerte el 6 de marzo de 1963, a la edad de ciento noventa y un años.” Y en España, se anuncia la “muerte” de una línea ferroviaria a los 89 años “víctima de la incomprensión administrativa”; los deudos eran “su desconsolado padre el Ferrocarril de Zaragoza, sus hijos ferroviarios (…) y el atribulado pueblo de Barbastro.” Ferrer anota publicidades funerarias que mueven a risa, como la de una casa de sepelios cubana (1950), cuyo slogan era: “Si su suegra es una joya, Fernández tiene su estuche”; y otra, en Italia: “El cadáver es suyo. El entierro es nuestro. El resto es de Dios”. Dada la nota, recuerdo a Antonio Machado:

¿Murió? … Sólo sabemos Que se nos fue por una senda clara…

Como se van los buenos.

Sugerencias:

1) De a poco, vayamos poniendo en orden nuestras cosas;

2) Recordemos que “las cosas que amamos deben ser regaladas con la mano caliente.” En mi caso, ya comencé a hacerlo. •

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