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Hijos de Pinocho: ¿Por qué no podemos evitar decir mentiras?

Según los científicos, todos decimos entre 10 y 200 mentiras diarias. ¿Por qué pedimos a los demás honestidad, pero nos arrogamos el derecho a engañar?

por Leila Sucari | twitter @LeilaSucari | Febrero 12, 2018

Manuel se queda dormido. Antes de salir de su casa, avisa en el trabajo que tuvo un problema personal y que va a llegar unos minutos demorado.

Saluda a su mujer y le dice que está hermosa, a pesar de la gripe que la tiene como un trapo desde hace tres días.

Después besa a sus hijos y les promete llegar temprano para ir a la plaza, aunque sabe que lo más probable es que no regrese antes de la cena.

Una vez en la oficina, Manuel manda correos en los que se excusa con los proveedores por no haberles enviado el pago y le deja un mensaje a su madre para decirle que no irá a visitarla porque no se siente bien.

Aún no es el mediodía y Manuel ya dijo más de cinco mentiras.

Por conveniencia, por interés, por compasión e incluso por amor. ¿Los pequeños engaños cotidianos son necesarios? ¿Es mejor decir la cruda verdad, sin medir los costos, o conviene disfrazarla para hacer sentir mejor a los demás?

El filósofo David Livingstone Smith, autor del libro ¿Por qué mentimos?, plantea que la mentira da ventajas; “por eso la usamos de forma espontánea, igual que respiramos o sudamos”, asegura.

Según Livingstone, la evolución ha instalado la mentira como parte de la naturaleza: “Cualquier pequeño engaño intencionado puede considerarse una mentira. Podemos mentir sin usar palabras, a través de una sonrisa falsa, al andar o adquirir posturas que aparentan confianza en uno mismo, mediante el uso de cosméticos que disfrazan nuestra apariencia real o incluso al fingir un orgasmo”.

Desde la infancia, nos educan para que digamos la verdad. La sinceridad es considerada, al menos en teoría, un bien por encima de los beneficios prácticos que pueda otorgar la mentira.

Sin embargo, la moral de las buenas costumbres no dura demasiado. A pesar de que intentemos inculcársela a los niños, todos los adultos nos entregamos a los pequeños y grandes engaños, y ni siquiera la disciplina más estricta sirve para evitarlo. A lo sumo, lo que genera son fuertes sentimientos de culpa.

De sobrevivir se trata

No solo las personas engañamos a los otros; mentir no es algo exclusivo de los seres humanos.

“Existen plantas que tienen flores parecidas a avispas hembra para atraer a los machos y que, de esta forma, las polinicen. También existen serpientes que fingen ser venenosas y peces macho que imitan a las hembras”, dice Livingstone.

“Mentir es una característica básica de los seres vivos. Por supuesto, lo hacemos mucho mejor que otros animales, porque nuestra inteligencia es poderosa y tenemos la capacidad de hablar”.

Se miente para obtener beneficios económicos, para seducir a una persona que nos gusta, para manipular a los otros y también para cuidarlos.

En la película alemana Good Bye Lenin, una mujer socialista entra en coma en 1989, justo cuando está por caer el muro de Berlín.

Ocho meses después, la mujer despierta y recibe el alta, pero el mundo cambió: el capitalismo triunfó y de su amada Alemania Oriental ya no queda nada.

Para evitar disgustos y protegerla de una recaída, el hijo decide ocultarle la verdad. Entonces arma toda una estructura de mentiras y la mujer comienza a vivir en una ficción.

Con el tiempo, y poco antes de morir, ella descubre el montaje pero, en vez de enojarse o sentirse traicionada, se conmueve por el empeño de su hijo en crearle una realidad paralela.

La mujer es consciente de que la mentira es consecuencia de un amor desmedido y desesperado, por eso lo perdona y decide engañarlo ella también: para no desilusionarlo, nunca le dice que descubrió su mentira.

No se pueden meter todos los engaños en la misma bolsa: existen mentiras piadosas, que empleamos cuando no queremos herir las emociones ajenas; mentiras solidarias, que se usan para tratar de ayudar a los otros; mentiras que tienen como fin la venganza o la búsqueda de un beneficio personal; y mentiras engañosas, con las que se pretende dañar o sacar provecho de los otros.

“La mentira es una herramienta que puede ser usada para hacer el bien o el mal, en sí misma no significa nada”, dice Paola, licenciada en Letras.

“Muchas veces mentí pensando en el otro, para no herirlo o para hacerlo sentir bien en un trance difícil. También mentí en el trabajo cuando tuve que faltar sin justificativo y engañé a mis padres muchos fines de semana cuando era adolescente. Todos lo hacemos; el tema es que, como está mal visto, casi nadie lo admite. No creo que la verdad sea siempre lo mejor, depende del contexto y del pacto de confianza que tengamos con el otro”.

Mentime que me gusta

“Si todos fuéramos honestos, la vida social sufriría un colapso”, asegura Livingstone. “Sería insoportable. Aquí reside una interesante paradoja: todos queremos ser libres para mentir, pero ninguno quiere ser víctima de las mentiras. Decimos a los demás que deben ser honestos, pero nos reservamos el derecho de engañar. Somos unos hipócritas”.

Una mentira piadosa no es el problema. El tema es cuando somos incapaces de crear vínculos auténticos; cuando inventamos personajes e historias con tal de sentirnos aceptados.

En este sentido, las redes sociales son las estrellas de la farsa. Mentir deja de ser beneficioso y, en vez de servirnos para evitar males mayores, nos sumerge en estados de alerta y en oleadas de embustes hasta no saber quiénes somos.

Bigote postizo

La American Psychiatric Association elaboró una guía de expresiones verbales y no verbales que develan las mentiras:

– La persona bebe y traga más saliva.

– Inclina su cuerpo hacia adelante.

– Se toca la cara y sonríe torcido.

– Evita cruzar la mirada con los otros.

– Aumenta la cantidad de negaciones y de errores en su discurso.

– Tartamudea al hablar.

– Sube el volumen de la voz.

– Sus gestos entran en contradicción con las palabras.

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