Cristina Bajo
BAJO RELIEVE

Aprendizajes del arte

El arte, que libera el alma y abre la mente. 

por Cristina Bajo | Febrero 18, 2018

Varias veces he comentado en estas notas mi relación con la lectura y las artes en general. Mis padres se interesaban especialmente en la pintura, y en casa siempre podíamos encontrar esos libros a mano: los recuerdo sobre el escritorio de papá, en la biblioteca de la pieza de costura de mamá, en la repisa de la chimenea del living.

Para mí, esa atracción comenzó con las hermosas ilustraciones de los cuentos que me regalaban, los esbozos arquitectónicos a pluma de mi padre, los rostros de niños en carbonilla que dibujó mi madre siendo muy joven.

Tuvo para nosotros una gran importancia el tomo de la Galería Nacional de Arte de Washington, que les regalaron por 1947, traído por un amigo de los Estados Unidos, en inglés y de gran formato. Abarcaba desde las civilizaciones de Medio Oriente hasta algunos artistas de principios del sigo XX.

Hoy descansa en mi escritorio, sobre una de las bibliotecas, junto al de Kronfuss sobre arquitectura colonial argentina, otro de estampas religiosas de Doré, varios sobre muebles antiguos y dos o tres sobre el arte de la herrería; casi todos provienen de la biblioteca de mis padres y otros los encontré en el camino.

Y, aunque no quiera, en este tórrido verano, siento un escalofrío recordando aquellos anocheceres de invierno, a mis padres y los libros, casi siempre con un fuego encendido en la habitación: el del hogar a leña, el de la cocina de hierro.

No sólo veíamos los cuadros, mamá solía contarnos la historia de Lucrecia Borgia o de San Sebastián asaetado, del Montmartre de Toulouse-Lautrec, de dioses griegos y reinas de Egipto, de los paisajes de Corot, por los que hubiera deseado caminar.

Por entonces, casi todas las revistas femeninas destinadas a las mujeres de la clase media, u otras que apuntaban a clases más altas –como Atlántida y Selecta–, traían un cuadro de algún pintor, a veces famoso, a veces desconocido. Yo solía recortar la página y guardarla en un sobre de cartulina que me armaba mamá, cosiéndolo a máquina. Papá, con su hermosa caligrafía y a trazo grueso, indicaba lo que guardaba en él: notas de historia, recortes de nuestros actores preferidos –Gregory Peck, Laurence Olivier, Bárbara Stanwyck, Bette Davis– o aquellos cuadros modosos.

Papá tenía en su biblioteca una colección de pequeños tomos encuadernados, con hojas satinadas, que iban contando la historia de la arquitectura, de la pintura, de las civilizaciones a través de los siglos. Nos enseñó a tener respeto por ellos –hasta hoy me cuesta tirar un libro descuartizado–; y el reconocimiento era, justamente, que pudiéramos tirarnos en la alfombra con unas hojas de papel canson sobre un cartón o un recorte de madera liviana y tratar de dibujar lo que veíamos.

Me gusta el dibujo, he pintado modestas cosas con placer; pero siempre preferí, antes que dibujar, escribir sobre aquellos personajes o lugares, expresar lo que sentía ante esos estímulos, lo que imaginaba ante el cuadro de Circe hechizando a los hombres de Ulises.

Aún encuentro estas carpetas, en algún cajón del viejo aparador y me sobresalta mi niñez, mi adolescencia, mi juventud, como un recordatorio de tantas cosas gratas que nos dio la vida: el cariño parental, la paciencia y el estímulo para que nuestra vida tuviera algún sentido.

Sugerencias:

1) A los jóvenes: busquen una caja y guarden en ella esas pequeñas cosas que, al hacernos mayores, apreciaremos sobre manera;

2) A los que tienen hijos adolescentes: motívenlos a que se interesen por cualquier expresión del arte: libera el alma y abre la mente. •

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