Cristina Bajo
BAJO RELIEVE

La pequeña luciérnaga

Anónimo tailandés 

por Cristina Bajo | Febrero 25, 2018

Buscando cuentos populares, universales y anónimos que trataran del aprendizaje que los mayores deben transmitir a sus hijos, encontré esta ingenua y hermosa leyenda tailandesa que decidí reescribir en una pequeña antología para uno de mis nietos –el menor de ellos– y mis sobrinos nietos, que son varios y a casi todos les gusta leer o que les lean.

Hoy lo comparto con mis lectores y espero que pueda servir, incluso, para docentes del jardín de infantes o de los primeros grados. Creo que la historia se presta para que puedan ilustrarla según su imaginación.

Había una vez una gran familia de luciérnagas que vivía en la selva de Tailandia y había hecho su aldea dentro del tronco de un enorme árbol. Al llegar la noche, muy contentas, abandonaban el árbol, encendían sus luces y danzaban sobre el río y las flores perfumadas. Sin embargo, las luciérnagas madres estaban preocupadas porque la más pequeñita de todas se negaba a volar.

Su familia estaba muy afligida y hermanos, tíos y amigos insistían todas las noches para que las acompañara a volar y a brillar imitando a las estrellas. Era tan divertido, que no comprendían por qué se negaba a ir con ellas, siendo que era parte de la educación de toda pequeña luciérnaga aprender aquellos vuelos nocturnos. No importaba qué cuento contaran, qué cosa le prometieran, la pequeñita sólo repetía: –No quiero volar, ¡no me gusta la Luna!

–Tendremos que hacer algo –decía su madre, preocupada–. No es posible que viva encerrada todo el día en la casa.

El padre, conciliador, la calmaba diciéndole que cuando menos lo pensaran, su hija menor saldría volando por la puerta del tronco. Sin embargo, los días pasaban y nada cambiaba. Hasta que una tarde, dispuesta a encontrar explicación para aquel comportamiento, apareció la luciérnaga más vieja y sabia para hablar con ella.

–¿Qué sucede, querida niña? ¿Por qué nunca quieres salir de casa? –le preguntó con mucha dulzura.

–No me gusta mostrar mi luz –dijo la pequeña.

–Pero ¿por qué? –insistió la abuela, acariciándole las alitas.

–¿Y para qué he de salir, si mi luz apenas ilumina? No quiero que me comparen con la Luna, tan grande y hermosa. ¡Soy una chispa insignificante! –dijo ella, y se largó a llorar.

La abuela, que escuchaba con atención, le secó las lágrimas.

–¡Ah, querida mía! –suspiró– ¡Qué poco sabes de la Luna!

– ¿Qué es lo que debo saber de la Luna y no lo sé?– preguntó la pequeña..

¡Que ella no siempre tiene luz!–respondió la abuela–. La luna cambia todos los días. Hay noches en que brilla en lo alto del cielo, pero otras, vaya a saber por qué, se esconde y deja al mundo en la más profunda oscuridad.

–¿Es verdad que eso sucede?

–Sí, cariño. Hay noches en que es enorme, de un color rojo y otros días desaparece entre las sombras. Además, no siempre brilla con la misma intensidad. En cambio tú, pequeña mía, siempre brillarás con tu propia luz.

La pequeña jamás hubiera imaginado que la Luna fuera tan veleidosa, y confiando ahora en su lucecita siguió a su abuela y se unió a su familia. Y así fue cómo aprendió que cada uno ha de brillar con su propia luz, sin envidiar la ajena.

Sugerencias:

1) Esta historia, además de didáctica, puede ayudar a algo que solía hacer mamá en mi infancia: ubicar a Tailandia en un mapa, con sus árboles –el de este cuento es el lampati- su flora y su fauna. En casa todo lo buscábamos en el Pequeño Larousse Ilustrado;

2) Hoy, más que las enciclopedias, Internet cumple con la misión de divulgar. •

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