Cristina Bajo
BAJO RELIEVE

Evocación de los objetos

La importancia de preservar bienes sin valor monetario.

por Cristina Bajo | Marzo 4, 2018

El libro de Gladys Aballay Meglioli Ecos de vida del San Juan de la Frontera, indispensable para aquellos que estudiamos el pasado, advierte: “Esta es una obra referida específicamente al léxico empleado durante la Época Colonial en la ciudad de San Juan perteneciente a la Región de Cuyo”, pues se relaciona con la vida misma en la evocación de los habitantes de ese tiempo.

De ella he tomado nota para mis novelas y junto con el trabajo de otros autores, se me ocurrió hablarles hoy de algo muy doméstico y querido: de ollas y fuentes, cacerolas y sartenes, vasos y jarras, de los cacharros de fogón comunes a varias provincias y todo aquello que utilizamos para cocinar y comer.

La autora nos cuenta, por ejemplo, que en el siglo XVIII ya encontramos los utensilios propios de la cocina: ollitas de “fierro” –como decíamos cuando yo era chica–, pailas de cobre, platos, tazas y fuentes de Peltre y vasos de cristal; y nos aclara que, en las zonas rurales de San Juan, aún se siguen usando estas apreciadas antiguallas. Y nombra varias que hoy nos son desconocidas: el Bernegal –taza de boca ancha–, una “almidondera” o una adobera para queso.

Siguiendo otro libro, Nueva Historia de la Nación Argentina -Academia Nacional de la Historia, veremos que en Buenos Aires, un caballero adinerado tenía en su casa una envidiable vajilla de la China; y apunta que, mientras los hombres bebían en vasos de vidrio o copas de cristal, las mujeres solían compartir un jarrito de plata con asa.

No recuerdo si es en Amalia u otra novela de la época, uno de sus personajes desdeña el tenedor y prefiere servirse del plato con los dedos, sin que a nadie le asombre demasiado: la carne siempre se servía cortada en trozos pequeños.

Hasta mediados del S. XIX, muchos viajeros llevaban consigo un baúl acondicionado para que nada se rompiera, con vajilla generalmente de plata, pero también de loza, porcelana o cristal.

La mayor parte de la vajilla llegaba del exterior: lo más lujoso, de Francia y Alemania; lo popular, de Inglaterra. La guerra entre unitarios y federales retrasó, por años, una incipiente industria colonial: plateros salteños o jujeños, olleros mendocinos, alfareros de las provincias del Oeste, los que fabricaban vidrio en Córdoba desde su fundación, desaparecieron o menguaron dramáticamente su producción.

Fueron los más humildes artesanos quienes paliaron la necesidad de los pobres regresando a la artesanía colonial: con el cuerno se fabricaron cucharas, espátulas, vasos, recipientes para llevar agua, vino o aceite; de la madera más dura, se hicieron platos y fuentes, vasos y cucharones.

Desde la segunda mitad del siglo XIX, las estancias porteñas –las de Córdoba, con anterioridad– ya mostraban cierto lujo en la vajilla; pero por muchos años, entre la población rural de las pampas o en las sierras se siguió viviendo como antes de la Asamblea del año XIII.

Mientras estudiaba estas cosas para mis novelas, entendí por qué mi bisabuela trajo hace más de cien años, desde su Castilla natal, un cucharón que ya tenía un siglo de uso en su familia, un almirez de bronce idéntico al que aparece en un cuadro de Velázquez; y por qué, en mi caso, sigo usando en la yerbera unas cucharitas que han visto al menos ocho generaciones antes de que yo naciera.

Sugerencias:

1) Reciclemos objetos: mamá usaba como salsera una ollita de aluminio que me trajeron los Reyes Magos cuando yo era chica;

2) Preservemos estos bienes sin valor monetario: con los años, será como recordar a aquellos de los nuestros que nunca conocimos. •

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