Cristina Bajo
BAJO RELIEVE

Recuerdos de la selva I

Una nota que cuenta la historia de Horacio Quiroga, para los adultos que lo hayan olvidado y los jóvenes que aún no lo descubren. 

por Cristina Bajo | Marzo 11, 2018

Hace unos días, en una reunión en casa, una amiga sacó de su cartera, yo diría que con devoción, un libro pequeño, ajado, algo manchado: un libro de cuentos de Horacio Quiroga.

Fue debido a la emoción de reencontrarme después de años con este autor y su mundo selvático, con lo ingenuo y salvaje de su narrativa, con sus cuentos extraños, crueles, casi espeluznantes –que lo acercan a Poe–, que decidí escribir esta nota, para aquellos que lo hayan olvidado y para los jóvenes que aún no conocen a este gran escritor uruguayo al que consideramos nuestro.

Cuando lo leí por primera vez, allá en mi adolescencia, me despertó tal pasión que, mientras papá nos llevaba al colegio en el auto, a los tumbos en el camino de tierra, yo seguía con el libro pegado a la nariz; y de noche, esperaba que mis hermanas se durmieran para encender el velador bajo el cubrecama y retomar su lectura mientras oía el viento entre los árboles y el grito lejano de los zorros.

Pensar en Quiroga me llevó a recordar un lugarcito cercano a casa donde yo solía escaparme cuando discutía con mis padres, me cansaba de mis hermanos o quería estar sola. Allí, donde la sierra caía por unos 12 metros hacia el arroyo, solía sentarme en una piedra, y mientras veía a los cuises corretear y me llegaba el aroma de la peperina, me zambullía en El salvaje, el último libro de Quiroga que había conseguido.

Horacio Quiroga nació el 31 de diciembre de 1878, en El Salto; era hijo de argentinos y el menor de cuatro hermanos. Dicen que era descendiente de Facundo Quiroga. Gran narrador, desde chico sintió lo que podríamos decir, pirateando el título de otro aventurero –Jack London– el “llamado” de la selva, que lo llevó a describir, siendo ya adulto, la psicología de los animales y los secretos de la naturaleza, a los que dotó de una trágica humanidad.

Pero antes de llegar a aquella selva que lo llamaba desde niño, Quiroga estuvo signado por la tragedia hasta el día de su muerte: su padre se suicidó de un escopetazo delante de su madre, que tenía en brazos a Horacio, de un año de edad; el niño terminó en el suelo y tuvo una fuerte conmoción.

Poco después –dato que pocos recuerdan–, la madre decidió alejarse de aquel escenario y se trasladó a Córdoba, donde vivieron varios años y el niño se apasionó por la lectura, la geografía y la historia; más adelante, se interesó por la fotografía, hizo experimentos químicos, fabricó cerámica, se dedicó a la carpintería y a la mecánica. Nuevamente se presentó la tragedia en su entorno: su madre había vuelto a casarse y su segundo esposo, después de una grave enfermedad, también se suicidó. Por entonces, se habían mudado varias veces.

A los 19 años, comenzó a editar y publicar en revistas literarias y se inició en el oficio de escribir. En 1900 viajó a París, y a su regreso editó su primer libro, Los arrecifes de Coral, que dedicó a Lugones, a quien admiraba.

La tragedia volvió a enlutar su vida: dos de sus hermanos, a quienes quería mucho, murieron; y poco después, uno de sus grandes amigos tuvo un accidente con un arma y se mató. Decidió entonces trasladarse a Buenos Aires, donde Lugones lo invitó a una expedición de estudios en las antiguas Misiones Jesuíticas, en la Triple Frontera de Argentina, Paraguay y Brasil.

Pronto sería un cuentista famoso, pero la tragedia que signaba su existencia no lo abandonaría.

Sugerencias:

1) Para los niños: los Cuentos de la Selva: les encantará.

2) Para los que gustan de Poe, tres clásicos imbatibles: El almohadón de plumas; Cuentos de horror; Cuentos fantásticos. •

Una aventura de lujo en altamar
Artículo anterior Una aventura de lujo en altamar
Artículo siguiente Brasil: El carnaval como espejo de un país en llamas
Brasil: El carnaval como espejo de un país en llamas