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Brasil: El carnaval como espejo de un país en llamas

Asesinatos, enfrentamientos entre narcos y olas de robos fueron el prólogo del carnaval más conflictivo de la historia reciente de Río de Janeiro. La fiesta carioca se mezcló con las protestas contra el gobierno de Temer, el machismo y el racismo. Y acabó con la intervención militar de la ciudad.

Marzo 12, 2018

La esencia del carnaval carioca es la irreverencia, ridiculizar aquello que sería imposible de ridiculizar. Es un momento en el que abrazás al desconocido, al que te oprime. El carnaval permite una conciliación de voces, pero también es conflicto, no solo pacificación”, reflexiona Caroline Pouto.

Es sábado en Río de Janeiro, y acaba de terminar el desfile callejero del bloco –comparsa– Cordão de Prata Preta. Caroline, que es antropóloga y estudia los blocos callejeros hace más de una década, está disfrazada, como la gran mayoría de los que salen a carnavalear. Lleva una peluca rubia, unos anteojos de sol rosados, una margarita en su cabeza y otra en su mano. Fantasías les dicen a los disfraces por acá. Y Río es, durante estos días, eso mismo; una fantasía descomunal, un baile de disfraces gigantesco, una ciudad alucinada y desatada.

Del subterráneo al ómnibus y los taxis, de las playas a las plazas, del centro a la periferia, se ven hombres vestidos de mujer, chicas en malla enteriza y medias de red, arlequines, mujeres maravilla y hombres araña, personajes típicos del carnaval como Pierrot y la Colombina. Por ahí se mezclan un Che Guevara y un Robin, un dragón, algún que otro diablo y tantos otros disfraces extravagantes que desafían los 40 grados y la humedad que se pegotea sobre rostros y torsos llenos de purpurina.

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La fiesta carioca es un loop desaforado. Mañana, tarde y noche. Un trance que va sin respiro hasta el miércoles de cenizas. Millones de personas copan la ciudad y bailan y cantan todos los sambas y marchitas típicas bajo el tronar de bombos y tamboriles, alzando sus voces disfónicas por sobre las estridentes trompetas y clarinetes. Multitudes que beben con desenfreno y se cortejan sin sonrojarse. Que se besan y abrazan. Que lloran. Y que también, protestan. Sobre todo en este 2018 que se avecina altamente conflicto (elecciones, depresión económica, violencia urbana) no solo en Río sino en gran parte del territorio brasileño.

Y como bien señala Cristine, el carnaval es conflicto. Además de enfiestarse, Río clamó su descontento. Este es, quizás, el carnaval más politizado y controvertido de los últimos tiempos. Resulta que el alcalde Marcelo Crivella, pastor evangélico de la iglesia Universal del Reino de Dios, intentó prohibir la fiesta cumbre, esta celebración pagana y popular, o “pecaminosa” al decir del mandamás carioca. Es que durante el carnaval se subvierte el orden establecido, se entreveran las clases sociales, se toman las calles. Y eso, al poder de turno, le incomoda. Y mucho. Claro que el desopilante intento no prosperó. ¿Alguien puede imaginar a Río sin carnaval? De todas maneras, el hombre se las ingenió para recortar el presupuesto de la fiesta a la mitad.

El de este año es, además, el carnaval de la protesta contra el presidente Michel Temer por sus políticas de corte neoliberal, como las reformas laboral y previsional. “¡Fora Temer!”, “¡Fora Crivella!”, “Carnaval sem Temer”, “Amar sem Temer”, “A pesar tuyo, es carnaval”, son algunas de las consignas que se oyen y se llevan inscriptas en la piel. También los colectivos feministas y por la diversidad se expresaron: “Mi cuerpo, mis reglas”, “No es no”, son algunas de los slogans que llevan escritos en los cuerpos que esta ciudad edonista adora exhibir.

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La pasarela de la resistencia

No solo las calles pusieron el grito en el cielo. En el Sambódromo Marqués de Sapucaí, conocido como la “Pasarela del Samba”, el templo que hizo de Río el carnaval mas famoso del planeta, las protestas contra el alcalde y el presidente, el descontento social por el presente brasileño –empobrecimiento, tráfico de drogas, corrupción, gatillo fácil, ola de inseguridad– se hicieron escuchar en el escenario mayor del carnaval carioca.

Mientras el alcalde Crivella se paseaba por Europa, las calles de Río ardían. Fiesta y violencia, un mix que se hizo visible sobre todo en la zona sur (Ipanema, Leblon, Copacabana). Los rincones más turísticos sufrieron arrastoes o robos masivos en las playas, y otros a mano armada en algunos bares.

En ese contexto, las escuelas de samba –cunas y semilleros de algunos de los mejores sambistas locales– demostraron su enojo y descontento. Así, el presidente Temer es satirizado como un vampiro en uno de los carros alegóricos de la escola Paraíso do Tuiuti, una de las más críticas, que basó su samba enredo (el argumento del samba) en la abolición de la esclavitud. ¿Fue verdaderamente abolida o es que solo mutó?, es la pregunta que sobrevoló en la puesta en escena, que puso el foco en las reformas laborales.

“Es un tema súper actual para la situación del país, que cuestiona si la esclavitud está extinta –explica Juliana, en la “concentración” del Sambódromo, mientras espera la hora de desfilar–. Es una reflexión más allá de la esclavitud, que habla sobre los derechos y la precariedad del trabajo. 130 años después de firmada la ley aurea (la que abolió la esclavitud), ¿Será que realmente está extinta?”.

La escola del Temer vampiro finalmente quedaría en segundo lugar, detrás de la tradicional Beija Flor, que cerró la última noche, el martes en la madrugada, y que ganó el desfile con el samba enredo más crítico, cuyo nombre lo resume todo: “¡Monstruo es aquel que no sabe amar! Los hijos abandonados de la patria que los parió!”. Un tramo del tema que sonó en el Sapucaí dice así: “Oh patria amada/por donde andarás. Sus hijos ya no aguantan más”, al paso de un carro alegórico con la figura de un Frankestein gigantesco utilizado como metáfora de un Brasil cada vez más monstruoso, corrupto y desigual.

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Mangueira, otra de las más tradicionales y ganadoras, enarboló el carnaval callejero y también disparó contra Crivella: “Alcalde, pecado es no disfrutar el carnaval”. Eduardo es uno de los directores musicales de Mangueira. En la concentración se lo ve ansioso. Falta poco para que salgan a la pista, pero igual se hace unos minutos para la charla. “Traemos un enredo critico. Levantamos la bandera del samba, que este año fue muy marginalizado, muy criticado y discriminado por el poder de turno. Samba sin apoyo, samba prejuzgado, samba olvidado por el poder público que no ve el carnaval como una cuestión cultural”.

El latido de las calles

Una semana a pura fanfarria, de excesos y samba marcan el carnaval callejero. Zé Gustavo es uno de los integrantes del Cordão de Prata Preta, un bloco que delineó su circuito en el centro de Río bajo un espíritu contestatario y reivindicatorio de la rebelión popular conocida como “la revuelta de las vacunas”, en la que el héroe fue el estibador y capoeirista Prata Preta. “La cuestión es la ocupación del espacio privado, el carnaval de la calle está ahí para todo el mundo. Estamos en un momento complicado, de una intendencia ‘culturicida’, que intenta entorpecerlo todo”, dice con gesto serio, este hombre que lleva una peluca violeta.

En Santa Teresa, uno de los barrio más bohemios de Río, salen algunos de los blocos más populares, creativos y entretenidos. Uno de ellos es el de Carmelitas, y la leyenda dice que comenzó con una monja que saltó el muro del convento para salir a carnavalear y solo volvió el último día de carnaval. Pero en realidad nació en 1990 entre un grupo de amigos que se juntaban a beber cerveza después del picadito de fútbol. Es viernes al mediodía y el calor es tremendo. Tambores y vientos calientan en las puertas del bar de Serginho, un típico boteco o bar de barrio, simple y desangelado, donde nació y se concentra el bloco. Jacinho, el director, intenta acomodar uno de los dos camiones que llevarán parte de la banda y cantores. Lleva puesta una toca de monja en la cabeza, el atuendo tradicional de Carmelitas. En medio de ese caos, sugiere: “El carnaval es un espacio de encuentro y un momento de reflexión sobre la sociedad, un momento libre para jugar, pensar, relajar y decir: ‘¿Qué orden es ese que vivimos todo el año? ¿Será que podemos discutir ese orden?’” .

Y en eso estaban en Río, discutiendo ese orden, cuando, apenas terminado el carnaval, el presidente Michel Temer decretó la intervención federal del ejército en las calles de la cidade maravilhosa. Las imágenes televisivas de los arrastoes (los robos masivos en playas y sitios turísticos), asaltos y la muerte de tres policías, lo convencieron de que ése era el remedio.

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Días antes, Ricardo Dumont, también del bloco Carmelitas, apuntaba: “El carnaval es la fiesta más democrática, todo el mundo tiene derecho a la misma alegría. El pobre, el rico, el negro, el blanco, el gay, la lesbiana, el evangelista. El carnaval es democracia”.

El “presidente vampiro” y otras postales

 El ícono del Carnaval de 2018

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La imagen recorrió el mundo y acabó convertida en la síntesis del Carnaval carioca de 2018: un vampiro con banda presidencial adornada con coronas de dólares que remite sin mayores ambigüedades al impopular presidente Michel Temer. La parodia de la escola Paraíso do Tuiuti fue uno de los íconos de la conflictiva celebración de este año y obtuvo el segundo lugar en la premiación del Sambódromo, detrás de la también muy crítica propuesta de la escola Beija Flor.

Las escolas, en pie de guerra

Casi todas las escolas de samba que desfilaron este año en el Sambódromo lo hicieron con puestas en escenas que denuncian la delicada situación del país vecino. La ganadora Beija Flor, desfiló con personajes caracterizados como políticos y empresarios con valijas de dinero frente a niños mendigando y vendiendo en las calles. Mientras que Mangueira, una de las escolas más queridas por los cariocas, se sumó a la protesta política y cargó contra el alcalde de Río de Janeiro, el pastor evangélico Marcelo Crivella, que considera que la fiesta es pecaminosa y ha reducido a la mitad el presupuesto público de las escolas de samba.

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