Cristina Bajo
BAJO RELIEVE

Al cabo de los mil años

Los esposos son reyes o santos el día de su boda. La novia una diosa guerrera con poder excepcional. 

por Cristina Bajo | Abril 1, 2018

Desde que apareció el estudio de la vida privada, retratando las costumbres de los diferentes pueblos del mundo a través de los siglos, vemos la historia de otro modo: ya no es una seguidilla de guerras, de ambiciones personales o desastres naturales, sino la historia del ser humano, de esa humanidad que trasciende países, religiones, razas, idiomas, condiciones sociales, a través de costumbres que signarán su existencia.

De estas costumbres, los ritos me atraen: ¿por qué los católicos festejamos el matrimonio, por qué bautizamos a los niños, por qué esperamos que tomen la comunión?

¿Por qué algunos pueblos deciden que sus hombres santos se rapen la cabeza, y otros prefieren la abundancia de melenas y barbas? ¿Por qué en algunos países el luto es negro, y en otros es blanco?

Esto viene a que, ordenando unas cajas con libros viejos, encontré uno muy interesante: Las ceremonias nupciales, de Enrique Casas (1943), al que de inmediato me dediqué a ojear.

Un capítulo me llamó la atención: “Los esposos son reyes o santos el día de su boda. La novia, diosa guerrera.” En estos momentos de exacerbado feminismo, me atrajo especialmente lo de diosa guerrera, y me puse a leerlo con un café a mano y un cuaderno de apuntes.

La primera frase nombraba a un autor que leía mi madre, Pierre Loti, que en un viaje que hizo a la India en 1923, describió una comitiva nupcial:

“Entre la lobreguez de las hojas avanza una multitud. Oímos címbalos y tambores y un coro de voces. Era la marcha de un cortejo; iluminados por antorchas, pasan una veintena de mozos, desnudo el torso, llevando a hombros un palanquín engalanado; y a uno de ellos vestido como un rajá o un dios: larga y áurea túnica y corona de oro. Trátase de un casamiento y es el nuevo esposo a quien pasean los amigos.” A continuación, el autor de Ceremonias nos cuenta cómo las novias romanas se presentaban ante el altar coronadas de flores: ellas mismas debían cortarlas, para que no se perdiera, en otras manos, la esencia mística de sus buenos augurios.

Estas flores estaban destinadas a dotarlas de una fuerza sobrenatural: con ellas sólo se coronaba a sacerdotisas, novias o víctimas ofrecidas a los dioses, “pues la corona es un talismán poderoso”.

En Marruecos, y no tan lejos en el tiempo, se consideraba santos a los esposos, y parientes e invitados se disputaban los restos del banquete que estos les ofrecían como comida bendita; así mismo, las prendas del ajuar de la novia se las repartían entre sus amigas y hermanas y aún entre las servidoras más apreciadas.

Como si se tentara a la suerte, se cocían muchos huevos duros, pero no tantos como invitados, de manera que aquél que pudiera comerse uno, tendría asegurado –y a la brevedad– un buen matrimonio.

No había oído sobre la novia como diosa guerrera, a quien se le atribuye un poder sobrenatural: una vieja leyenda dice que los beduinos llevaban en sus batallas a una joven vestida de novia. Si podían mantenerla a salvo, no serían derrotados, pues el poder de esta mujer era considerado excepcional. Si ella era apresada, la vergüenza de su pérdida perseguiría a los guerreros, que podían llegar a inmolarse por ello; su pérdida era una afrenta comparable a la pérdida de su rey o a la captura de sus banderas. A pesar de los siglos pasados, hay algo mágico en esa figura sin armas –vestida con las galas nupciales– capaz de detener un ejército.

Sugerencias:

1)- Compartamos con los jóvenes estas y otras historias del pasado.

2)- Los ritos sanan y nos unen. Retornemos a ellos. 

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