Cristina Bajo
BAJO RELIEVE

Los ritos de la resurrección

El ayuno era un modo de purgar el cuerpo y purificar el espíritu y, entre los cristianos, era fiesta de guardar. 

por Cristina Bajo | Abril 8, 2018

Nuestros jóvenes no han conocido, como la gente de mi edad, la rigurosidad de las celebraciones religiosas de Semana Santa; que ya en mi infancia no eran tan severas, y que, para los que no lo saben, en la Argentina nunca lo fueron tanto. Debido a que nuestro país tenía regiones apartadas del mar, a que varias provincias no tenían ríos con peces comestibles, la Iglesia tuvo consideraciones especiales: en algún libro de historia he leído la carta de un prelado a sus superiores en España comentando esto: muchas veces la carne era la única comida sustanciosa a la que gauchos, indios, soldados y misioneros podían acceder.

Pero, ¿de dónde viene aquello de ayunos y abstinencias? Este ritual era un modo de purgar el cuerpo y purificar el espíritu y, entre los cristianos, era fiesta “de guardar”.

Esos días se consumía pescado, y entre las verduras, muchos pueblos preferían espinacas o acelgas, que eran “purgativas”: limpiaban la sangre y las vísceras de la influencia de las carnes rojas para alivianar los pecados, justamente, carnales. Se unían a este régimen de cuaresma los frutos secos, tan nutritivos, las sopas livianas con el sabor y el aroma de las hierbas aromáticas y, en muchos casos, con el añadido de costrones de pan duro –pues nada se desperdiciaba– fritados en grasa, aceite o simplemente tostados a la llama.

Junto con este menú, los dulces estaban a la orden del día, y lo que quitaba la falta de sal, lo compensaba el azúcar, la miel y otras delicias con harina, huevos y crema. Todo esto terminaba una vez pasada Semana Santa en un festejo pascual donde se servía, en reunión familiar, una excelente comilona, seguida, a la tarde, por la rosca de Pascua: era una reunión sencilla pero alegre, en la que las mujeres de más edad solían quitarse “el luto” por la muerte de Jesús y vestir algo más alegre, en la que a los niños se nos permitía correr y gritar de nuevo, jugar a las escondidas o a la mancha venenosa y atiborrarnos de “gallinitas” con un canastito de licor dulzón, antes de que aparecieran los huevos y los conejos pascuales que nos importaron los países nórdicos.

Es interesante descubrir que las madrinas de españoles e italianos regalaran a sus ahijados ese día un huevo duro pintado, símbolo, según nos dice Carmela Miceli en su obra La cocina del Cielo, “de una diosa pagana de la fertilidad.” Con el paso del tiempo, estos obsequios fueron cambiando: a veces, en un monigote de mazapán con el huevo en la panza, o se convertían en una media luna rellena de crema pastelera y pasas de uva, o en figuras de animalitos horneados –cuando vivíamos en las sierras, nuestra niñera nos los hacía en Navidad o Reyes– para celebrar finalmente con la rosca y los huevos de chocolate rellenos con confituras; no se solía regalar juguetes.

Pero estas costumbres no son sólo cristianas: muchas religiones celebran muertes y resurrecciones cíclicas, a veces de sus divinidades, las más antiguas, de la naturaleza: el paso del invierno a la primavera, el renacer de las plantas, el celo de los animales, las flores en esplendor, la rotación de las estrellas, pues el hombre, en su pequeñez, ha querido participar en la resurrección de la Madre Tierra, de sus credos, de la renovación de la vida. No lo olvidemos: hay algo profundamente humano en estos ritos.

Sugerencias:

1) Era común, en Europa, que en Pascua se diera de comer a los indigentes;

2) Entre nosotros, los pueblos indígenas compartían estos ritos con viajeros;

3) Llevemos algo sabroso para un sin techo en Pascua de Resurrección. •

La Rioja, una ruta pintada hacia Atacama
Artículo anterior La Rioja, una ruta pintada hacia Atacama
Artículo siguiente Una regla que te podría ayudar a ser más eficiente en el trabajo
Una regla que te podría ayudar a ser más eficiente en el trabajo

Tambien te interesa