Cristina Bajo
BAJO RELIEVE

Geografías sagradas

El temor que nos impide a veces acercarnos a ciertos lugares, perdura en nosotros por años.

por Cristina Bajo | Abril 15, 2018

En la ciudad de Córdoba se realiza, todos los años, la Noche de los Museos, un recorrido por diversos edificios representativos de nuestra historia o por la famosa Cañada, nuestra sede oficial de fantasmas urbanos.

Mientras conversaba con dos jóvenes –ambas llamadas Sofía– sobre ese circuito y las historias macabras que pueblan nuestra ciudad, recordé un episodio de mi niñez.

Recién llegados a Cabana, fuimos a vivir en una casona que tenía algo de gótica, donde pasamos la primera infancia. Por entonces nos cuidaba una niñera, Tita, que solía llevarnos a remontar el arroyo hasta unas canteras abandonadas.

Un día llegamos hasta una especie de parcela que, como una cuña, había quedado encajada entre dos brazos del arroyo. Según nos dijo, no conocía el lugar, pues vivía ella detrás de la loma; pero nos encantó la aventura de cruzar alambrados, trepar por una pequeña torrentera y llegar a un llano con pocos árboles, piedras y mucho pasto. Mientras buscábamos flores y recogíamos caparazones de caracoles, dimos con un grupito de talas.

En el campo, es sabido que este árbol, en general, crece en fila, tanto que era común entonces que a un terreno se lo marcara, como linde, “hasta el cerco de talas”. Sin embargo, en raras ocasiones crecen formando un círculo, y al parecer –nos enteramos después– aquello marcaba la línea entre lo cotidiano y lo sobrenatural.

A mi hermano Eduardo y a mí nos encantaba jugar al aire libre y teníamos lugares escogidos donde representábamos las historietas que leíamos: había un lugar para el Príncipe Valiente, otro para jugar a los cowboys y alguno para disfrazarnos de piratas. Aquel redondel de talas, con varias piedras de considerable tamaño en el centro, nos llamó la atención y corrimos hacia allá. La chica que nos cuidaba quedó atrás y en cuanto entramos bajo la sombra de los árboles, comenzamos a planear aventuras de película. Pero entonces oímos la voz de Tita, que se acercaba rápidamente, ordenándonos salir de allí. ¿Fue su voz, preocupada, lo que hizo que de pronto sintiéramos un miedo indecible, a la vez que una ráfaga helada nos enfriaba el cuerpo en plena siesta de enero?

Tomándonos de la mano, Tita nos arrastró entre los yuyos, cruzamos el arroyo por medio del agua, no por las piedras, y recién cuando llegamos a la escalinata de la casona, nos sentamos al reparo de un cedro y con el corazón en la boca, esperamos de ella una explicación. Una vez que recuperó el aliento, nos dijo que nunca debíamos entrar a estos círculos de talas, porque todos sabían por allí que en esos lugares el Diablo –así, con mayúscula me lo imaginé yo– tenía su guarida.

Desde entonces, solíamos mirar el lugar desde la galería que, como la casa estaba a medio camino de una loma, quedaba mucho más alta que aquella parcela tranquila, como adormilada, casi sin monte, salvo el pastizal, las piedras y algunos pocos árboles dispersos. No sé qué esperábamos ver, pero fuera lo que fuese, nunca lo vimos. Sin embargo, ese temor que nos impide a veces acercarnos a ciertos lugares, perduró en nosotros por años.

Mircea Eliade, que me deslumbró con sus estudios sobre mitos, creía en las “geografías sagradas”, que bien podían ser lugares de paz o sitios muy inquietantes. Hasta hoy, me llama la atención que, en tantos años, sólo una casa se haya levantado allí.

Sugerencias:

1) Leer Lo sagrado y lo profano, de este autor;

2) De más sencilla lectura, Juan Ambrosetti, en Supersticiones y leyendas, estudia los sitios sagrados de nuestros pueblos indígenas. •

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