Ciencia
Personajes extraordinarios

Rosalind Franklin, la mujer que logró fotografiar al ADN y que luego fue olvidada por todos

Su trabajo fue clave para el descubrimiento de la doble hélice... pero muy pocos conocen su historia.

por Víctor Laurencena | twitter @vlaurencena | Abril 16, 2018

En 1962, James Watson y Francis Wilkins recibieron el Premio Nobel de Química por descubrir la estructura de doble hélice del ADN. Para muchos, a esos dos nombres se le debería haber sumado el de Rosalind Franklin, la mujer que había logrado fotografiar el ADN y que había fallecido cinco años antes.

“Una de las mujeres más injustamente tratadas por la historia de la ciencia”, escribe Andrés Gomberoff en Física y berenjenas (DEBATE, 2017) y no es poco decir algo así, teniendo en cuenta que muchísimas científicas fueron tratadas de esa manera.

Rosalind Elsie Franklin nació el 25 de julio de 1920 en el barrio de Notting Hill, en Londres, hija de un matrimonio judío cuyas familias desde hacía varias generaciones se había dedicado a la banca.

Desde chica se destacó. Su tía, Helen Bentwich, dijo: “Rosalind es inteligente de manera alarmante, pasa todo su tiempo estudiando aritmética por gusto e invariablemente obtiene los resultados correctos de las sumas”. Durante su adolescencia estudió en distintos colegios de prestigio y sus intereses eran varios: desde el deporte (críquet y hockey), hasta las ciencias y latín, pasando por el francés y el alemán. En cada tarea que se proponía, Franklin se destacaba.

Luego de un viaje de estudio a Francia, volvió a Londres y aprobó el examen de ingreso del Colegio Newnham, de la Universidad de Cambridge. Pudo estudiar allí gracias a una tía, que le pagó los gastos luego de que su padre no aceptase la situación y decidiera que no la ayudaría. Sin embargo, poco tiempo después, su padre reflexionó y aceptó ayudar a su hija para que estudie.

Franklin ingresó al Colegio Newnham en 1938 y estudió química. Allí conoció al profesor William Lawrence Bragg, quien había ganado el Nobel en 1915 por descubrir que si se atraviesa un cristal con rayos X, éste deja una “huella” que revela cómo es la estructura de la molécula de  cristal y cómo están ubicados sus átomos.

Se graduó en 1941 e iba a empezar su tesis doctoral, pero estaba en curso la Segunda Guerra Mundial y se fue a trabajar a la Asociación para la Utilización del Carbón. Allí estudió el carbón vegetal que era usado en la guerra como combustible y como filtro para las máscaras de gas. Finalmente, cuando terminó la guerra, defendió su tesis doctoral en 1946.

Un año después, envalentonada por Adrienne Weill, una científica francesa que vivió en Inglaterra refugiada durante el conflicto mundial, se mudó a París para trabajar en el Laboratorio Central de Servicios Químicos del Estado. Allí, a diferencia de Inglaterra, se respiraba un ambiente mucho más abierto para las mujeres científicas y fue en ese lugar donde aprendió y perfeccionó la técnica de difracción de rayos X, llamada también “cristalografía de rayos X”. Pocos años después ya era una autoridad a nivel mundial sobre el tema.

En 1951, con 30 años, volvió a Inglaterra e ingresó en el King’s College de Londres, convocada por el director del laboratorio, quien la puso a estudiar la estructura del  ADN.

Ella llegó a Londres e instaló su laboratorio, solucionando algunos problemas que tenía su antecesor, Maurice Wilkins, quien estaba de vacaciones. Wilkins nunca había podido hacer buenas imágenes y cuando volvió se encontró con que Franklin no sólo había mejorado su laboratorio, sino que le había “robado” a su ayudante, Raymond Gosling, quien ahora era doctorando de Franklin.

Y entonces entran en escena Watson y Crick, los que ganaron el Nobel de Química, que también estaban interesados en la estructura del ADN.

En noviembre de 1951 ellos asistieron a una charla que dio Franklin, invitados por Wilkins, que sin embargo la detestaba. Watson y Crick, que trabajaban en el famoso Laboratorio Cavendish, quedaron impresionados y en los meses siguientes Wilkins les mostró imágenes tomadas por Franklin, la mayoría de las veces —dicen algunas fuentes— sin que ella supiera.

De esas fotos, había una que se hizo famosa: la número 51, que era sorprendente y que fue la clave para realizar unos de los descubrimientos más importantes de la historia de la ciencia: la estructura de doble hélice del ADN.

Rosalind Franklin, la mujer que fotografió al ADN y que luego fue olvidada por todos

“En cuanto vi la foto quedé boquiabierto y se me aceleró el pulso”, dijo alguna vez Watson sobre el momento en que la vio por primera vez.

Watson y Crick elaboraron su concepto de la estructura del ADN con estas imágenes, con la charla que dio Franklin y algunos datos más que brindó Wilkins.

Publicaron el artículo en la revista Nature de abril de 1953 y mencionan a Franklin entre varias otras personas, pero no dicen nada sobre el verdadero aporte que significó su trabajo: “[…] hemos sido estimulados por el conocimiento de la naturaleza general de resultados experimentales no publicados y las ideas de Wilkins, Franklin y sus colaboradores […]”, escribieron en ese trabajo.

Lo curioso es que en ese mismo número de la revista, a unas pocas páginas de distancia, Franklin y su doctorando Gosling, publicaron la foto 51, con tecnicismo sobre cómo la obtuvieron. Además, en un gesto de honestidad científica, dan un apoyo explícito al modelo propuesto por Watson y Crick.

Incluso, “hay quien ha propuesto que, para entonces, Rosalind Franklin había llegado a las mismas conclusiones que Watson y Crick, pero la rapidez de la publicación le impidió proponer su modelo”, escribió Eduardo Angulo, doctor en biología y divulgador científico, en un artículo sobre ella.

En 1951, ella había escrito que, según sus resultados, la estructura sería helicoidal (forma de hélice) con dos o hasta cuatro cadenas y con los grupos fosfato hacia el exterior. Eso fue más de un año antes del famoso artículo de Watson y Crick.

Cansada de discutir con sus colegas y del ambiente del King’s College, Franklin se fue al también londinese Birbeck College, donde trabajó hasta su muerte.

A mediados de 1956, viajó a Estados Unidos y allí sintió un malestar. Era un cáncer de ovario, tal vez disparado por su exposición a la radiación durante sus años de investigaciones con rayos X, sobre todo teniendo en cuenta que apenas tenía 36 años. Falleció dos años después.

Cuatro años más tarde, en 1962, Watson, Crick y Wilkins recibían el Premio Nobel por sus estudios sobre la estructura del ADN. Ninguno de los dos la mencionó en sus discursos de aceptación.

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