Cristina Bajo
BAJO RELIEVE

Mucho más que animales

Es importante contarle a hijos o nietos sobre los animales de la familia: ellos también son parte de nuestra historia.

por Cristina Bajo | Abril 22, 2018

Mi primer encuentro con un animal sucedió cuando yo aún estaba en un cochecito de bebé. ¿Fue mi imaginación, fue un recuerdo olvidado de cosas contadas, en mi infancia, por los adultos? Lo único que retiene mi memoria hasta el día de hoy es estar acostada bajo una especie de toldo y que el sol me deslumbraba de a ratos, pues la brisa movía intermitentemente las hojas de un árbol. El recuerdo es nítido en cuanto a los sentidos y esa combinación de aire libre, árboles altos, brisa y semisombra, es la idea que tengo del bienestar y la satisfacción.

Ese cuadro bucólico se rompe, de pronto, con la interrupción de una cabeza tosca y grandota que se asomaba a la altura de mis ojos, pero no sentí miedo, sino una especie de comunión con ese ser que caminaba alrededor mío pacíficamente.

Muchos años estuve recordando aquello, pensando que quizás era un sueño, hasta que, a mis veinte años, oí a mi madre comentar a una amiga sobre la primera casa que alquilaron de recién casados; era un chalecito muy lindo, y la gente que había vivido en él tenía un perro, un gran danés, que luego escapó y regresó a su antigua casa, el chalecito de Barrio Parque Capital.

Mi madre y mi padre eran muy jóvenes, yo era la primera hija, aquel barrio, muy nuevo, no tenía todavía todas las casas habitadas, y se decía que había habido asaltos o robos en las más alejadas.

Papá trabajaba en Vialidad de la Provincia, y pasaba mucho tiempo fuera de casa, a veces sin regresar por días; mamá, por su parte, se había encariñado con el perrazo y a él le pareció bien que un animal tan grande, que provocaba respeto, quedara con nosotras como guardián.

Yo nací sietemesina y era muy nerviosa, y el médico le recomendó a mi madre que pusiera mi cochecito bajo un árbol, que aquello me tranquilizaría. Así resultó, según mamá: en veinte días, dejé de llorar de noche, comencé a dormir varias horas seguidas y durante el día, ella se atrevía a observarme por la ventana mientras cosía en la máquina Singer y el perro se quedaba acostado junto al cochecito. Nadie podía acercarse al portoncito del jardín sin que ladrara furiosamente y mamá saliera de inmediato.

Aquella anécdota contada por mi madre a una amiga dio sentido a ese recuerdo, único, de todas maneras, pues no tengo ningún otro de los primeros meses de mi vida.

Cuando mi hijo Fernando se casó, un día me dijo que iba a llevarme a ver una casa cercana a su nuevo hogar, y en cuanto nos detuvimos en la calle, se me saltaron las lágrimas: no recuerdo haber visto ninguna foto de esa casa, pero en cuanto la vi supe, por el árbol, ahora inmenso, que aquel era el de mis recuerdos. ¿Relato familiar? ¿Recuerdo increíblemente temprano de mi niñez?

Cuando estaba esperando a mi segundo hijo, Gustavo, me atreví a preguntarle a mi médico –en esa especie de lazo de entendimiento que suele unir a la embarazada con su ginecólogo– por esta experiencia. Y él –el famoso doctor Carballo, que había estado becado en los Estados Unidos– me dijo que si bien no era común, tampoco era imposible y me preguntó por mi relación con la naturaleza y los animales. Lo que le conté pareció convencerlo de que aquel recuerdo no era impostado, sino un chispazo cognitivo, si así pudiera llamársele, que marcó hasta hoy mi relación con los animales.

Sugerencias:

1) Contar a hijos o nietos sobre los animales de la familia: ellos también son parte de nuestra historia;

2) Antes de comprar un animal, recojamos a los abandonados: creo que un Ángel nos los pone en el camino. •

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