Cristina Bajo
BAJO RELIEVE

Los cuentos del bosque

Para Teresita Mendiburu, compañera de letras.

por Cristina Bajo | Mayo 6, 2018

Hace unos días, buscando cuentos clásicos infantiles, me encontré con las biografías de Charles Perrault, de Hans Christian Andersen y los Grimm. Los hermanos Grimm, Jacob (1785) y Wilhelm (1786), nacieron en Hanau, Alemania. Su padre era abogado y pastor calvinista, y los impulsó a estudiar Derecho y Literatura Medieval; pero murió joven y Jacob, con nueve años, se hizo cargo de la familia –su madre y varios hermanos– ayudado económicamente por una tía.

Pocos saben que, en esos años, su maestro los sacó de la depresión en que habían caído permitiéndoles pasar horas en su biblioteca, leyendo y anotando cuanto encontraran interesante. Ya en la universidad, conocieron al poeta y folclorista Clemens Brentano, quien los instó a investigar sobre la narrativa oral, lo que les hizo revivir aquellos momentos en que descubrieron la literatura. Brentano les sugirió que fueran por los pueblos de los bosques, hablaran con los aldeanos y transcribieran –con el lenguaje simple de aquéllos– sus historias, unas espeluznantes, otras risueñas pero todas aleccionadoras.

El bosque, que aparece en casi todos sus cuentos, les parecía su hogar y siempre regresaban de allí con hojas o flores que secaban entre las páginas de sus libros queridos. A la muerte de su madre, recogían ramas florecidas de su tumba.

Seducidos por la literatura anónima, descubrieron la riqueza de relatos, refranes, fábulas y cuentos de hadas –unos poéticos, otros terriblemente crueles– que se mantenían vivos a través de supersticiones y leyendas.

El primer libro, Cuentos infantiles y del hogar, se editó en 1812; era una selección de relatos regionales y pronto se popularizó con el nombre de Cuentos de hadas de los hermanos Grimm. Estas ediciones se vendieron sin descanso durante diez años, pues muchos las compraban no sólo para deleitarse con ellas y leérselas a sus hijos, sino para que pervivieran en las generaciones futuras.

Por entonces, Jacob se dedicó al estudio de la lengua germánica y compuso libros de gramática; Wilhelm prefirió seguir con la tradición medieval. En 1829 trabajaron con la Real Academia en la creación de un diccionario que continuaron, a su muerte, otros estudiosos.

Pero sus Cuentos infantiles y del hogar representaban para ellos un homenaje a las raíces del pueblo alemán. Así nacieron Blanca Nieves, La Cenicienta, Barba Azul, Caperucita Roja y unos doscientos cuentos más, casi todos basados en historias comunes a los países europeos y, muchos de ellos, en relatos más antiguos llegados desde Oriente y de África.

Estos libros no pretendían ser infantiles, pero con el tiempo, fueron los mismos niños quienes, después de oírlos, los convirtieron en sus cuentos preferidos.

A través de los siglos, siguen leyéndose con gusto; mientras que el teatro y la radio primero, y el cine y la televisión después, los acercaron a millones de personas de diferentes países, diferentes idiomas, diferentes razas.

Ambos murieron en Berlín: Wilhelm, el menor, en 1859, y Jacob en 1863. Fueron enterrados uno al lado del otro. Y como sucedió con Perrault –de quien habían tomado varios cuentos–, aunque se les reconocieran los méritos de sus obras académicas, terminaron inmortalizados a través de estas historias valiosas que seguimos recordando.

Sugerencias:

1) Leer Psicoanálisis de los cuentos de hadas, de Bruno Bettelheim, para comprender por qué se aconsejan estos libros para los niños;

2) Ver notas de la psicóloga Emma Kenny, publicadas en diarios españoles. •

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