Cristina Bajo
BAJO RELIEVE

Esos viejos libros

El regreso de un cercano conmociona a la memoria. 

por Cristina Bajo | Mayo 13, 2018

Hace unos días, para gran alegría de los que ahora somos los mayores de la familia, llegó desde Corrientes mi hermana Eugenia. Y como solemos hacer, nos juntamos en casa a “ponernos al día” después de tantos meses de lejanía en que sólo nos comunicamos telefónicamente o por mail.

Son momentos muy gratos, que nos demuestran que la ausencia no importa, porque sólo al abrazarnos ya acortamos años y distancias.

Las horas son pocas para contarnos cosas o recordar a los que ya no están, a la vida que va quedando atrás. Y mientras comentábamos los libros que habíamos leído últimamente, Eugenia recordó la colección Robin Hood, de tapas amarillas y lindas ilustraciones.

Sin dudarlo, comenzamos a enumerar los autores que amábamos: Louisa May Alcott, Charles Dickens, Mark Twain, Lucy Maud Montgomery, Jack London, Harold Foster –el del Príncipe Valiente y su amada Aleta, que seguramente influyó en mi Luz Osorio–, Anna Sewell, Edmundo de Amici.

Y sus títulos: Mujercitas en primer lugar –en mi caso, Violeta, esa chica terrible– y en segundo lugar, Anne, la de tejados verdes y Azabache. Recordamos las novelas de Jack London, que guardé hasta grande y luego suplanté con las versiones para mayores. De Mark Twain primero leí Tom Sawyer, pero Huckleberry Finn me atrajo más: fue el único de mis libros de adolescente que, al llegar a la palabra fin, retrocedí a la primera página.

Los piratas, el medioevo, los cow-boys, las tierras lejanas y los Mares del Sur me atraían irremediablemente; solía perderme en ellos y retornar, sin ganas, al grito de mi madre que me pedía que lavara la mano de mis hermanos menores para sentarnos a la mesa.

Extrañamente, nunca leí a Dickens en esta colección, pues mi padrino, que tenía una librería, me los fue regalando en las versiones originales y luego, cuando comencé a trabajar, compré en cuotas sus obras completas, las de la Editorial Aguilar, que aún conservo.

Pero en esa tarde de café y masitas, descubrimos que las tres –Nenúfar, Eugenia y yo– aún andamos a la búsqueda de esos títulos.

Yo recordé que hace varios años, en una librería de usados, en las Sierras, encontré un libro de hojas gruesas, rústicas y amarillentas; la portada tenía uno de esos dibujos ingenuos de la época –que aún hoy me atraen– que nos legaron los ilustradores norteamericanos de los años 40 y 50. En nombre de mi adolescencia, lo compré con el recuerdo atravesado de una compañera de colegio, quien se negó prestármelo: al verlo, sentí que se lo debía a mi niña interior, todavía resentida porque nunca lo pude conseguir en las librerías de Córdoba.

Esa misma noche comencé a leerlo, con un vasito de jerez y un platito con bombones. Trataba de una joven que, al salir del secundario, decide poner –contra la opinión de su familia– una librería y biblioteca circulante en un pueblo de Nueva Inglaterra, donde los lectores, si querían proveerse de libros, debían viajar varios kilómetros.

Lo que me atrajo de aquella novelita –aparte de que siempre quise tener una librería– era que la protagonista alquilaba un viejo tranvía que la alcaldía tenía en desuso. Lo disfruté y lo guardé en mi biblioteca, donde lo he perdido. Y ni siquiera recuerdo el título o la autora, para volver a comprarlo.

Sugerencias: 1) Compartamos con los niños y los adolescentes de la familia los libros que han sobrevivido al paso de los años; 2) Las nuevas propuestas las leerán en las aulas: enseñémosle a apreciar un tesoro literario que abarca historias que pertenecen a la humanidad. •

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