Cristina Bajo
BAJO RELIEVE

Esos viejos libros II

La segunda parte de: el regreso de un pariente conmociona a la memoria. 

por Cristina Bajo | Mayo 20, 2018

No conozco a nadie de mi entorno –mis viejos amigos, mis jóvenes amigos– que no recuerde algún libro de la interesante colección Robin Hood, ya sea por haberlo leído en su infancia o, en el segundo caso, por haberlo heredado de sus padres o sus abuelos. Fue creada a principios de los años 40 del siglo XX, y perduró, con intermitencias, hasta nuestros días.

Si bien comenzó con menos de treinta títulos, el fundador de la editorial, Modesto Edarra, decidió tomar la leyenda del bandolero inglés para armar esta colección. ¿Sería casualidad que año y medio antes, Erroll Flynn estrenara una película muy exitosa, Las Aventuras de Robin Hood? Quizá, como la literatura y el cine se complementan, de allí surgiera esta editorial inolvidable.

Sus primeros títulos estaban elegidos entre los más atractivos autores anglosajones, como Louise May Alcott, Dickens, Robert Louis Stevenson, Mark Twain, incorporando después libros de una historieta que, hasta hoy, tiene fieles adeptos: El Príncipe Valiente, de Harold Foster, que conocíamos de la revista Mundo Argentino.

La incidencia de estas lecturas, de estos ilustradores, ha dejado en muchos de nosotros –incluso en mis sobrinos que tienen hijos que van a los primeros grados–, el gusto por la épica, la historia medieval, las series sobre vikingos y Hobbits; y a mí, el gusto por la novela histórica y los pintores prerafaelistas, en cuya estética se basó Harold Foster para sus ilustraciones.

Pero hay una cosa que pocos recuerdan de la vieja colección: que nos iniciaron en la lectura de nuestros autores. Allí encontramos a María Granata con varios títulos, de la que recuerdo haber leído El ángel que perdió un ala. Aquel libro hizo que, ya con veinte años, leyera y mantuviera en mi biblioteca, hasta hoy, otros títulos de ella.

Entre otros, figuraban varias novelas históricas argentinas para jóvenes, como las de Eros Nicola Siri, Bouchard el corsario. O El primer soldado de la libertad, de Germán Berdiales, y algo más adelante, Xumuc, el Huarpe, de Adriana Vera.

Un niño perdido, de Guillermo Hudson, nos abrió camino –a mis hermanos y a mí– para sumergirnos después en Allá lejos y hace tiempo, con las magníficas ilustraciones de Franco Mosca, que más adelante nos trajo de regalo papá.

Azabache fue uno de los libros que más me gustó, ya que desde los siete años montábamos a caballo y con mi hermano Eduardo aprendimos a cuidarlos y a quererlos. Pero Las aventuras del potrillo alazán, de Elías Cárpena –tan emotivo como el libro de Anna Sewell– nos llevó a leer en El Gráfico la historia de Gato y Mancha, los caballos criollos que saliendo de Buenos Aires en 1925, llegaron a Nueva York en 1928.

Y aunque no era un autor argentino, Edmundo De Amicis nos tocó el corazón y nos hizo reflexionar: por entonces, mi padre había tomado, en las obras de Cabana, a italianos que sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial, y en nuestro colegio había aparecido algún compañero que no sabía hablar el español; y las monjas nos aleccionaban, llamándonos aparte, para que fuéramos amables con él.

Una vez discutí con otra escritora sobre el poder de la lectura para cambiar el mundo, pues ella no creía que eso fuera posible. Yo, sin embargo, sé que mi vida y la de muchos conocidos no hubiera sido igual sin los libros que hemos leído.

Sugerencias: 1) Hablemos a nuestros hijos de los libros que nos cambiaron; 2) Leamos a los niños desde pequeños; 3) Luego, regalémosles libros, que los hagan suyos, para que pasados los años les recuerden la infancia y el gusto de lo vivido. •

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