Cristina Bajo
BAJO RELIEVE

Las oscuras mareas

Poemas sobre Guadalupe Cuenca y Felicitas Guerrero

por Cristina Bajo | Junio 1, 2018

Para Teruca Pereyra Iraola y Enriqueta Gahan, que me animaron a poner voz a sus maravillosas pinturas.

¿Dónde llorar tus restos?

Estas aves de sueño que parten tras el barco y giran suavemente, como recuerdos vanos, que descienden a veces como un papel al viento rozando los mástiles de los barcos que parten. O las grises palomas que navegan al viento de un cielo de presagios, que en el sueño regresan sin llevar mis palabras hasta tu corazón.

Y de nuevo, en mi sueño, me atraviesa el incierto recelo de tu ausencia y siendo medianoche me levanto, sonámbula, y rebusco las cartas que me enviaste hace años, cuando viste mi rostro en una miniatura expuesta tras el vidrio del taller de un platero.

Tomo la pluma ansiando que te llegue el aliento de mis horas de insomnio; es de noche y hay niebla y no veo el albatros ni las tórtolas grises sino pájaros negros cuyos ojos ardientes como diamantes muertos se hunden en las olas donde yace tu rostro.

Bajo un cielo sombrío, lloro mi pena en lluvia. Mientras las nubes corren hacia tierras extrañas, vislumbro aquellos puertos de países lejanos a los que no arribaste, a los que nunca iré.

Ruego al sol que ilumine mi corazón, que llora en esta casa de puertas y postigos cerrados, donde un niño pregunta, sin que nadie responda. Purifica mi pena con tus rayos de oro, purifica mis lágrimas que no encuentran consuelo. Es inútil el ruego: contrariando el girar de los cielos, se pone en mi ventana, en mi calle, en mi alma, no tras la cordillera de la que soy nativa, sino en las dulces aguas de la ciudad del Plata.

Camino entre las tumbas sin tener una tumba, ni un cáliz de cenizas, ni un puñado de polvo donde llorar tus restos. Y sea con el grito que clama hacia la ausencia, o con aquel suspiro que nos trae el alivio, viviré muchos años recordando los vientos que impulsaron las velas al zarpar de la rada.

Y algún día, en mi huerta, mi naranjal, mi acequia, sé que tu voz me llegará en silencio –como a esposa y amiga, como a cómplice amante– remediando mi pena, que despierta de noche cuando escucho el resuello de las altas mareas que lamían la proa sobre las aguas negras, entre enlutadas nubes de un cielo de azabache recostado en mi almohada.

Rosas rojas para Felicitas

Ese verde jardín que vislumbro mientras me sostengo de las cortinas; esas rosas a las que siento respirar –mientras mis ojos se nublan– me queman el hombro y oigo voces inentendibles detrás de la puerta.

Esa luz terrible que oculta y desvela una tormenta que no veo, pero oigo: el trueno y el fuego que enfrían mi sangre. Terrores de mareas que hacen temblar el agua de las fuentes mientras me deslizo hacia el suelo y cada hoja de hierba que veo, nítida, íntegra, revela y oculta los terrores de las rosas rojas en mi espalda. Cada hoja de hierba, cada perfume del jardín, y el rumor que se apaga en mis oídos y se aleja mientras la luz se desvanece en mi memoria.

Y mientras muero, no entiendo que he dejado de ser Felicitas para ser una leyenda que perdurará en mármol.

Sugerencias:

1) Buscar en usados Biografías apasionadas – Guadalupe Cuenca y Mariano Moreno, de Vanesa Greco. Tengo un buen recuerdo de esa novela.

2) Leer en Internet las cartas que escribió Guadalupe a su amado, sin saber que ya había muerto en alta mar.

3) Leer Felicitas Guerrero de Ana María Cabrera; entre otras novelas sobre ella, elijo ésta pues trae una guía de lectura interesante.

4) Hacer alguna de las visitas guiadas sobre su historia, les gustará.

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