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Abrió la primera escuela verde de la Argentina

En Mar chiquita se acaba de inaugurar la primera escuela ecosustentable del país. Una pequeña arca de Noé, donde más de 60 chicas y chicos aprenden a leer, a escribir y a pensar el mundo en verde.

por Laura Piasek | Junio 4, 2018

“Me traería mis cosas y me mudaría acá”, bromea orgullosa una de las maestras de la escuela pública número 12 de la localidad bonaerense de Mar Chiquita minutos antes de que empiece el acto de inauguración del primer edificio con fines educativos autosustentable de la Argentina, y el segundo en su especie de todo Latinoamérica. Pasaron ya 45 días desde que esta villa balnearia al sureste de la Provincia de Buenos Aires, más conocida por ser la única del país con una albufera -declarada Reserva Mundial de Biosfera por Unesco en 1996-, se convirtió en la meca de voluntarios y especialistas en biotectura (una mezcla de biología y arquitectura) de diferentes partes del mundo.

El flamante establecimiento ecológico es la esperada continuación del proyecto “Una escuela sustentable” desarrollado por la organización sin fines de lucro uruguaya Tagma codo a codo con Earthship Biotecture, la empresa del gurú estadounidense de la arquitectura sostenible Michael Reynolds.

En 2016, estos dos actores ya habían unido fuerzas para levantar la primera primaria sostenible de todo el continente en Jaureguiberry, en el departamento charrúa de Canelones, que fue todo un éxito: desde que la escuela se volvió verde, la asistencia de sus alumnos trepó hasta el 96% y su matrícula se disparó en más de un 35%.

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Después de este auspicioso debut, la réplica a nivel local de la iniciativa contó con el financiamiento de la marca de limpieza Ala y otras dos empresas privadas y quedó alineada dentro del Plan de Educación Ambiental de Mar Chiquita (PLANMAR), que las autoridades impulsan junto con la organización civil argentina Amartya para promover para 2020 el desarrollo sostenible del partido.

Con una superficie de 300 metros cuadrados -distribuidas en 3 aulas y 2 baterías de baños-, a simple vista y sin visita guiada de por medio, la edificación no desvela los vericuetos que hacen de ella una verdadera construcción inteligente y cien por ciento independiente de la red de servicios públicos marchiquitense. Capaz de autoabastecerse de agua, energía, calefacción y hasta de comida orgánica, la nueva escuela es una verdadera arca de Noé.

Un edificio viviente

Allá por los albores de la década de los 70, el estadounidense Michael Reynolds acababa de colgar en la pared su título de arquitecto, pero ya estaba lo suficientemente desencantado con su gremio como para jugar en el mismo bando. El “guerrero de la basura” (como fue bautizado en el documental del director Oliver Hodge que repasa su carrera), decidió entonces darle la espalda al status quo y desarrollar un paradigma constructivo a su medida: uno en el que las edificaciones aprovecharán los fenómenos naturales para resolver las necesidades más urgentes de los seres humanos. Fue así como refugiado con su familia en el desierto de Taos, Nuevo México, creó una comunidad postapocalíptica de casas a bajo costo hechas con latas de cerveza.

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En estas arenas, en 1988 terminó dándole forma a su marca registrada: los ‘Earthship’ (o Nave Tierra en español), unas viviendas “pasivas”, autónomas y fácilmente replicables realizadas con materiales desechados y tierra, que además permitían reducir al máximo el consumo energético, y por ende, la cantidad de facturas para pagar a fin de mes. Su actitud rebelde y hasta por momentos fuera de la ley, le valió a Reynolds la pérdida de su licencia de arquitecto, que pudo recuperar solamente algunos años más tarde cuando sus casas ecológicas y baratas sirvieron para reconstruir en tiempo récord lugares arrasados por desastres naturales. Pero a pesar de los palos en la rueda, el enemigo número uno de los ladrillos nunca dejó de evangelizar sobre la importancia de repensar la arquitectura.

Desde su sitio web, Reynolds aporta datos concretos sobre los alcances de su empresa: una casa sustentable de su factoría es capaz de hacer que los gastos mensuales de una familia tipo en Estados Unidos (electricidad y gas, además de agua y comida) desciendan de US$9.780 a sólo US$3.900. Este sistema constructivo atípico fue lo que llamó la atención de la organización Tagma, quienes después de entrar en contacto con Reynolds consiguieron que éste acepte guiar primero la obra de la escuela sustentable en el país oriental, y más tarde también la de Mar Chiquita. El arquitecto en persona viajó a la Argentina junto a sus discípulos durante los primeros días de marzo para seguir de cerca el proceso, y dictar talleres en su itinerante ‘Academia Earthship’.

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Como en cada una de las miles de Naves Tierra que Reynolds ya lleva implantadas en diferentes partes del mundo, la primera escuela ecológica del país también responde a los seis mandamientos que estructuran sus creaciones. Una de las piedras angulares de su técnica es la utilización de materiales de reciclaje. “Para levantar la escuela de Mar Chiquita, usamos 2.200 neumáticos, 5.000 botellas, entre vidrio y plástico, 14.000 latas y 2.000 metros cuadrados de cartón”, explica Martín Espósito, Coordinador General de Tagma. Pero la autonomía de las construcciones de Reynolds, así como aquella de Mar Chiquita, está lejos de ser un slogan publicitario que queda reducido a su materia prima.

La escuela cuenta con un elaborado sistema de recolección, almacenamiento y saneamiento de agua de lluvia, que permite darle a la misma hasta tres usos diferentes antes de su deposición final. Gracias a los paneles solares ubicados en su techo, el edificio también se autoabastece de energía renovable, e incluso es capaz de generar un excedente que inyecta en la red pública para compartirla con los vecinos. La construcción tampoco gasta energía fósil para calentarse o enfriarse. El grosor de sus paredes, un diseño vidriado y orientado hacia el norte para aprovechar al máximo la energía solar y un sistema de ventilación tan simple como eficiente explican cómo su temperatura interior se mantiene estable entre los 18 y 25° durante todo el año.

En sus dos huertas, una ubicada en el pasillo interior y otra al aire libre, los alumnos pueden abastecerse de frutas y verduras orgánicas, al mismo tiempo que aprenden sobre consumo responsable. Aunque las construcciones sostenibles bajo el paraguas de Reynolds se caracterizan por su autosuficiencia, lo cierto es que para que el motor se encienda y la maquinaria se active el factor humano es imprescindible. “La gente que habita esta escuela tiene que saber usarla para que funcione”, asegura Juan Martín Méndez, responsable de comunicación de la organización uruguaya que lideró la iniciativa. Por esto es que antes y durante la obra de Mar Chiquita, los responsables del proyecto se encargaron de formar diferentes anillos de contención capaces de darle a esta edificación los cuidados especiales que requiere: alumnos y maestras, primero, voluntarios locales después y por último, como se trata de una escuela pública, empleados de mantenimiento estatales iniciados en las técnicas de la biotectura.

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Con un poco de ayuda de mis amigos

Uno de los principios de las Nave Tierra que no aparece en ningún panfleto pero que se hace carne en quienes le ponen cuerpo a sus proyectos, es la importancia del factor colaborativo que entrañan este tipo de construcciones. Durante el mes y medio que duró la obra de Mar Chiquita, se calcula que entre voluntarios locales, corporativos y de ONGs internacionales, además de empleados de organizaciones argentinas y uruguayas involucradas, fueron más de 500 las personas que se arremangaron para levantar la escuela. “El desafío más grande de un proyecto de estas características es poder ir construyendo el edificio a la par de las relaciones con las personas tan diferentes con las que se trabaja”, resume Espósito, al mismo tiempo que explica que Mar Chiquita fue la localidad elegida para llevar a cabo esta iniciativa modelo, además de por su “sensibilidad medioambiental”, por tener una escala que permite medir fácilmente los resultados: 400 habitantes fuera de la temporada alta y lazos estrechos con ciudades más importantes y pobladas como Pinamar y Mar del Plata.

La Escuela Municipal N° 12, por su parte, hacía ya algún tiempo que buscaba mudarse a una nueva casa para que sus alumnos no tuvieran que atravesar la ruta para llegar a ella. Por eso, la llamada de Tagma les vino como anillo al dedo. Ahora, la nueva primaria está ubicada en una zona tranquila a pocos metros del camping municipal, y ya lista para recibir a los más de 60 niños y niñas de entre 6 y 12 años que se convertirán en los primeros alumnos en recibir una educación con consciencia medioambiental. “Para mí la sustentabilidad tiene que ver con mimar al planeta tierra, respetarlo, quererlo. Yo creo que los adultos ya nos olvidamos de estos valores”, dice Karina Cando, directora de la primaria tocada con la varita mágica. “En este edificio, espero que los chicos puedan hacerse amigos de la naturaleza y transmitir este aprendizaje a las próximas generaciones. Que logren volver a la tierra, aprovechar los recursos que ella nos da, pero devolviéndole también algo a cambio”.

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