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Vivir con la mecha corta: ¿es hipersensibilidad o una postura negativa ante la vida?

Hay gente que siempre se muestra fastidiada o al borde del enojo por cualquier pavada. Dos expertos noshablan de la tolerancia y de la intensidad emocional que cada uno es capaz de soportar.

por Paola Florio | Junio 8, 2018

Carolina tenía 35 años y llevaba una vida tranquila. Estaba casada, tenía dos hijos y un trabajo en una oficina que le gustaba. Todo se desmoronó cuando la despidieron de su empleo, tuvo que cancelar un viaje que estaban pagando y comenzó a pasar más tiempo en su casa. “Me enojé tanto que trataba mal a todos, me sentía resentida… Mis hijos ya no me aguantaban, mi marido tampoco, ni siquiera yo misma, pero no podía manejarlo. Incluso mis amigos, que en un principio intentaron acercarse, se fueron alejando. A nadie le gusta que lo maltraten, pero todo me generaba un enorme enojo. Un día usé esa bronca que sentía y comencé a tejer. Hice tantas bufandas y gorritos que terminé armando mi propio emprendimiento. Ver resultados positivos partiendo de algo tan triste, logró rescatarme”, explica.

Sentir frustración es una experiencia por la que pasamos todas las personas en algún momento de la vida; y aunque este sentimiento no siempre se logra neutralizar (algunos problemas reales no dan tregua), sí podemos muchas veces manejar sus derivaciones en el plano emocional.

Sin embargo, salir de ese laberinto negativo puede volverse un inmenso desafío para las personas que tienen baja tolerancia a las frustraciones o una excesiva sensibilidad hacia todo lo que les resulte desagradable. ¿Suena conocido? Amigas, familiares o compañeros de trabajo que se ponen quisquillosos o hipernerviosos por cualquier contratiempo, que no toleran la incomodidad ni las demoras a la hora de satisfacer sus deseos. Para estas personas, cualquier circunstancia inconveniente se transforma en un disparador real de estrés y sensaciones negativas: se ofenden, se ponen ansiosas o se resienten con los demás; y hasta pueden llegar a victimizarse y culpar a otros ante la imposibilidad de manejar lo que sienten.

La baja tolerancia es un importante trastorno emocional que, desatendido, es capaz de desestabilizar familias, amistades, relaciones sentimentales y laborales. También puede derivar en diversos trastornos compulsivos como la tricotilomanía (tocarse y arrancarse el cabello), la adicción a las compras, la cleptomanía y los ataques de ira sin causa aparente.

Como todo en la vida, esta tendencia también tiene su contraparte, y algunos de sus aspectos –la insistencia, la agresividad no verbal, la excesiva capacidad de persuasión– pueden ser aprovechados de manera positiva. Vale la pena el intento.

Alerta las 24 horas

En función de las experiencias y el recorrido de cada uno, nos vamos configurando para sentir la vida de una forma u otra. Ante situaciones de peligro o traumáticas, el organismo actúa para sobrevivir poniendo en marcha mecanismos de alerta, que en ocasiones se disparan por cuestiones que no son graves y nos dejan fuera de nuestra “ventana de tolerancia”. Esta ventana representa el rango de intensidad emocional que somos capaces de experimentar.

“Cuando estamos dentro de la ventana de la tolerancia, nos sentimos en equilibrio emocional y podemos disfrutar de las diferentes situaciones de la vida cotidiana”, explica Santiago Gómez, psicólogo y director de Decidir Vivir Mejor y del Centro de Psicología Cognitiva. “Pero cuando estamos fuera de esa ventana, en cambio, se produce un desequilibrio o descontrol emocional: el sujeto no logra conectarse con sus emociones o bien, en el otro extremo, no puede evitar que cualquier situación le genere una susceptibilidad extrema”, aclara el psicólogo.

Por todo esto, para aprender a diferenciar los enojos reales de las reacciones excesivas, los expertos insisten en la importancia de reflexionar sobre el modo en que interpretamos las situaciones cotidianas; ya que es probable que alguien que tiene insistentes pensamientos negativos o catastróficos, termine haciendo una lectura distorsionada de la realidad y realimente su malestar.

El psicólogo Santiago Gómez aporta algunos consejos para manejar esta tendencia emocional: “Principalmente, debemos estar atentos a nuestros pensamientos y evaluarlos; y si nos damos cuenta de que son negativos, tenemos que tratar de interrumpirlos y repensar el asunto desde un lugar más objetivo y racional. Además, es fundamental mantener la atención plena en lo que estamos haciendo, porque esto nos mantiene en contacto con nuestras emociones”.

Un cambio de filosofía de vida puede ayudar a que el sistema nervioso desarrolle una mayor tolerancia y que nosotros vivamos más tranquilos: “Aprender a no preocuparse con la misma intensidad por todas las situaciones es algo central, así como mantener un orden de prioridades, ya que son pocas las cosas que realmente importan –acota Gómez–. También es bueno practicar técnicas de relajación y respiración, salir a caminar y, sobre todo, descansar”.

Intensómetro

¿A qué cuestiones debemos prestar atención si sentimos que tenemos baja tolerancia a las frustraciones? En primer lugar, es importante distinguir entre las propias necesidades y los deseos, ya que unas demandan una satisfacción inmediata y los otros pueden esperar. Lo siguiente es controlar los impulsos y valorar las consecuencias de nuestros actos. Además, es bueno ser conscientes de que, muchas veces, el dolor o el sentimiento de fracaso tienen mucho de imaginario. Debemos aprender a relativizar los fracasos y los éxitos, y notar que nuestra realidad se construye mucho más lentamente de lo que nos gustaría.

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